Los toros alados de Nínive

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Dos toros alados surcaban el cielo, observaron el mundo desde aquellas alturas y decidieron posarse para siempre en las puertas de un palacio. Eran dioses hermosos, de cuerpo rotundo y poderosas alas. Sus elegantes rostros eran humanos, de hombres sabios de larguísimas barbas.

Escoltando ese palacio vieron pasar el tiempo, hieráticos y bellos, con la paciente calma de sus enormes cuerpos de piedra.

Durante miles de años llenaron de belleza y gloria la ciudad de Nínive. Primero fueron adorados por los moradores de la ciudad. Los protegieron bajo sus alas, cobijados por su enormidad y su fe. Tiempo después fueron memoria labrada de aquel tiempo remoto.

No volaron más, no había hecho falta nunca. Hasta hace unos días en los que la desgracia los sorprendió tocando con fiereza las puertas del palacio. Y entonces sí volaron. Lo hicieron en mil pedazos, sucumbiendo ante el terrorífico poder de martillos y taladros en manos de una fanática, ciega y enardecida cuadrilla. A golpe y porrazo dejaron su gloria, su memoria y los rastros de aquél tiempo lejanísimo, reducidos a polvo.

Nos dejaron en su lugar solo silencio y un profundo e irreparable dolor, aquí, en el mero centro de las raíces de la humanidad.

Lola Zavala.

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