Pipa

Alguien pensó que era buena idea regalarle una pipa. Le entregaron una pequeña caja envuelta en un sobrio papel de regalo, con un lazo azul cobalto y una pegatina en la que había escrito “La casa del fumador” en letras doradas sobre fondo blanco.

Abrió la caja rompiendo el papel sin ningún tipo de miramiento y extrajo la pipa, que venía dentro de una bolsa de plástico, y un paquete de tabaco. La expresión de su rostro fue, como siempre, imposible de descifrar, pero agradeció el regalo con una suave sinceridad.

Esa misma tarde tomó la pipa entre sus manos rígidas que recordaban la textura de la madera noble, la llenó de tabaco previamente desmenuzado y encendió una cerilla, que acercó a la boca del artefacto. Con una destreza insospechada comenzó a fumar. En el agujero de la pipa el tabaco ardiendo parecía respirar; el humo resultante de aquel latido cálido se fue esparciendo por toda la casa como miembros fantasmagóricos que se estiran, rozando las superficies de las paredes y los muebles con sus largos dedos y dejando por toda la estancia un embriagador aroma a chocolate.

Fernando Prado.

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