Ermitaños

Estamos acostumbrados, como sociedad latina que somos, a hacer lo que nos da la gana, cuando nos da la gana y como nos da la gana. El libre albedrío, decimos. Eso está muy bien, pero en cuestiones de libertades individuales creo que aún tenemos mucho que aprender, sobre todo porque nuestros comportamientos como individuos únicos afectan directa o indirectamente al grupo y pueden acabar teniendo repercusiones en nuestra vida como sociedad.

Las restricciones de movilidad impuestas por el nuevo estado de alarma y el toque de queda nocturno no son más que medidas tomadas ya como último recurso ante una situación que, una vez más, no supimos gestionar. No se debe culpar solo a los gobiernos centrales y autonómicos, que en algunos momentos nos han ofrecido espectáculos lamentables; nosotros, como ciudadanos, también debemos asumir nuestra parte de culpa, que no es poca. Una cosa es gestionar por primera vez una situación tan complicada como la generada por la pandemia, y otra que la ciudadanía, o una parte de ella, no se lo tome en serio.

Es cierto que se han lanzado mensajes contradictorios a la población porque los gobiernos han tenido serias discrepancias en cuanto a la manera de actuar para frenar los contagios. Es cierto también, que en algunos momentos se ha antepuesto la política y el partidismo a las decisiones sensatas recomendadas por los expertos, pero nosotros hemos hecho las cosas muy mal. No creo que sea demasiado pedir un poco más de sensatez y de responsabilidad, de respeto al vecino y al desconocido con quien compartimos espacio en un vagón de metro, en un bus urbano o en un espacio de trabajo sin las medidas adecuadas.

Los expertos –esos mensajeros del apocalípsis- nos dicen que estamos abocados a un segundo confinamiento domiciliario, pero nosotros ya estamos preocupados por cómo va a ser la navidad. Puede que el toque de queda no haga milagros y que llegue tarde. Yo tengo la sensación de que siempre llegamos tarde. Nuestra clase política es muy cuestionable, falta sentido de estado, y a nosotros nos falta sentido común.

Todos queremos salir a la calle sin mascarilla, abrazarnos, besarnos, rozarnos, amontonarnos en un concierto. Todos queremos que esto acabe para poder vivir sin miedo. Así que, dentro de unos días, cuando nos confinen nuevamente si la situación no mejora, aprovechemos el tiempo para hacer autocrítica. Los próximos meses serán duros psicológica, social y económicamente. Los próximos años seguramente también.

El mundo ha cambiado para siempre y no nos estamos enterando.

Fernando Prado.

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