Medio milenio después

Hace 500 años, fue el fin de la ciudad de Tenochtitlán, por lo menos tal como era entonces. Hay múltiples eventos e iniciativas para recordarlo, desde la presidencia hasta colectivos ciudadanxs, eso sí, con un enfoque de “resitencia de los pueblos originarios”, más que como el derrocamiento de una civilización. Me quedo con dos de ellos: Una es la recreación del Templo Mayor en una maqueta escala 1:1 colocada en el Zócalo del Centro Histórico, y la otra, la gira Zapatista por Europa. La maqueta me parece absurda y la gira, poesía revolucionaria.

Cualquiera que haya estado ahí, seguro ha tenido sentimientos encontrados. Es una ciudad muy especial, tiene algo mágico, emotivo, cruel, brutal, salvaje y poderoso. Es un golpe de vida, es como tiritar.

Depedro hizo una canción que canta junto a Bunbury, dedicada a la ciudad, donde dicen una frase preciosa y precisa: “Distrito Federal, ruges como animal. Aquí se puede todo, aquí todo se puede, desde el cielo al lodo.”

Conocemos Tenochtitlán en sueños, en fantasía, en nuestros días de escuela. En pinturas de Diego Rivera, en museos. La hemos pisado varios metros hacia arriba, la sentimos hundirse al mismo tiempo que nuestro cuerpo, la vemos en piedras recicladas en los nuevos edificios. En ruínas, en piedras oscuras, en ecos de nuestros pasos, en el aroma a lodo que aún se cuela por las rendijas del tiempo. Se refleja en el cielo, se evapora. Sigue ahí. Capa sobre capa, sangre sobre sangre, expolio sobre expolio. Chinampas, ríos, axolotes, ahuexotes, sonidos, y Coatlicue aún hablan de ella.

Como dicen los, las, y loas Zapatistas: “En cada disidencia, en cada rebeldía, en cada resistencia hay un grito por la vida”. Sigue ahí, seguimos ahí, con otras formas y con muchas capas. Resistiendo.

Nací ahí, 460 años después, en el hospital de San Ángel Inn, en lo que fue Tenochtitlán, en lo que se llamaba Distrito Federal y que ahora es Ciudad de México. Y cualquier sentimiento que tenga al respecto es legítimo.

In kan ahmikoa,
in kan on tepetiwa,
in ma onkan niaw…

Allá donde no hay muerte
allá donde ella es conquistada,
que allá vaya yo… Acolmiztli Nezahualcoyotl (1429–1472)

Augusto Metztli.

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