
Arena. Brisa. Salitre. Pequeñas olas rompen suavemente en la orilla, las mismas que el cormorán roza con la punta de sus alas en un angustioso vuelo rasante. A pesar de las evidentes diferencias todos los cuerpos tirados sobre la arena ardiente son iguales: piel, músculos, huesos, pelo, arterias, venas, tendones, nervios, vísceras y excrecencias. Podrían ser cadáveres todos esos cuerpos -de hecho, algún día lo serán- y a nadie le importarían de haber sido escupidos por el mar, pero están acompañados por toallas, neveras, sillas, sombrillas, protector solar y gafas de sol. Yacen en una extraña y absurda somnolencia expuestos a los rayos ultravioleta, cada uno intentando liberarse de sus propios yugos, poniendo en pausa una rutina atroz. El eterno movimiento del agua parece reconfortarlos. Los observo, como si yo no fuera ellos, como si la desnudez no nos igualara, como si no supiera que los pensamientos mudos son inofensivos y que solo la palabra raja la piel y puede destruirlo todo. Entonces cierro los ojos, vuelvo a abrazarme a la misma piedra y me alejo flotando a la deriva, plácidamente, en el vacío.
Fernando Prado.
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