Aplastamiento

Se suele dar por sentado que en los pueblos se sabe todo y que sus habitantes son unos cotillas. En los barrios de las ciudades sucede lo mismo. Tenía un amigo que un día decidió convertirse en un joven emprendedor. Comenzó vendiendo marihuana y un tiempo después se pasó a la coca, que daba mucho más dinero. Era ambicioso y le gustaba lo mismo que nos gustaba a todos: la buena vida. Vestía ropa de marca, llevaba relojes caros, bebía güisqui escocés, cenaba en los mejores restaurantes, iba a fiestas de pijos -los pijos en aquella ciudad jugaban en las grandes ligas-, y no trabajaba. Le iba bien el negocio, de hecho no paraba de crecer, y a medida que crecía yo me sentía, como es obvio, más inseguro a su lado. En mi barrio la policía te daba el alto a cualquier hora del día, cédula de identidad, manos apoyadas en la pared o el capó hirviendo del coche patrulla, piernas separadas, cacheo, llamadita a la central y no te quiero volver a ver por aquí. Eran los amos. Estaba claro que esos procedimientos rutinarios se llevaban a cabo para justificar o disimular su inacción. No era el peor barrio de la ciudad, ni mucho menos, pero había un serio problema de inseguridad y tráfico de drogas. La policía estaba comprada, por supuesto, y era habitual ver a los patrulleros saludando a los camellos, choque de manos y bolsita en el salpicadero. Mi amigo, que era independiente, aprovechaba la coyuntura. Puede que la vida se construya más sobre las cosas que rechazamos que sobre las decisiones que tomamos y los planes que hacemos. En aquel entonces yo estaba obsesionado en ser un super guitarrista que algún día llenaría estadios -me parto- y, a pesar del fácil acceso que tenía a las drogas, las rechacé porque no podía tocar colocado. Así de simple y friki. Mi amigo y yo nos fuimos de aquel barrio y de aquel país en momentos diferentes -todos nos fuimos- y acabamos en lugares diferentes; cada uno huyó como pudo de aquello que nos acechaba y aplastaba.

Leyendo Años luz, de James Salter, me encontré con esto: “Hay que ser resuelto, ciego. Porque cualquier cosa que hagamos, incluso que no hagamos, nos impide hacer la cosa opuesta. Los actos demuelen sus alternativas, he aquí la paradoja. La vida, por tanto, consiste en elecciones, cada cual definitiva y de poca trascendencia, como tirar piedras al mar”.

Alberto Núñez Feijóo, después de negar hasta el aburrimiento que desconocía a qué se dedicaba su amigo Marcial Dorado, acabó reconociendo que sabía que había sido contrabandista de tabaco, no narcotraficante. Galicia, en esa época, era como mi barrio: todos sabíamos a qué nos dedicábamos, qué hacíamos para ganarnos la vida, quién era carpintero, artista, yonqui, camello, narco, mecánico, puta, pederasta; y vivíamos en una tensa calma, caminando sobre el alambre. El caso de Feijóo -cuando lean estas líneas, tal vez ya sea presidente, casi nada- me hizo pensar en mi viejo amigo y preguntarme qué haría si, a pesar de compartir ideología y un buen puñado de vivencias, fuera candidato a unas elecciones. La respuesta es sencillísima.

Fernando Prado.

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