
Escuchar las palabras “desarrollo personal” hace que un mecanismo invisible active mi estado de alerta. Se me ponen los pelos de punta cada vez que me encuentro con fragmentos de los discursos de estos individuos que te venden un método infalible para hacerte rico en un abrir y cerrar de ojos –the blink of an eye, qué expresión-, eso sí, previo pago de la cuota correspondiente, que nada es gratis en la vida. Desarrollo personal, libertad financiera, empresario. Todo suena así como muy cutre y, casualidad o no, suele haber un tufillo de negacionismo -científico, climático, etc.- selectivo, por supuesto, no seamos radicales, y cierta cercanía a las tendencias ultras más molonas. Estos pelacañas horteras que reniegan de su supuesto pasado de pobreza, precariedad y explotación laboral te explican cómo convertirte en tu propio jefe mientras conducen un carrazo, toman el sol rodeado de tías buenorras, o se pasean por bulevares dorados. Querer es poder y tal.
El autoengaño -todos, con mayor o menos frecuencia, recurrimos a él- consiste en sustituir aspectos de la realidad por otros imaginarios. Puede ser una vía de escape, algo sumamente necesario. Yo suelo imaginar que tengo la capacidad de volar a pesar de no ser un pájaro. A veces me tranquiliza.
Fernando Prado.
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