
Cuando trabajaba de músico itinerante me aficioné a observar la geografía improbable de Galicia, ese lugar en el que las distancias entre un lugar y otro pueden parecer insignificantes y, sin embargo, recorrerlas resulta, en ocasiones, obstinante. Contemplaba la diversidad de relieves, la variedad del paisaje, la determinación obcecada con que sus habitantes intentaban -y siguen intentando- moldear una orografía tozuda, orgullosa y engañosa que es capaz de derrotar al extranjero sin curtir. Recorriendo las sinuosas carreteras en un viejísimo Ebro que era poco menos que un milagro de la mecánica, apestado con el humo de las farias que fumaba el chófer a cualquier hora para no quedarse dormido -el sueño era, sin lugar a dudas, lo más temido-, me fijaba en todo lo que pasaba por la ventanilla, ráfagas de fotogramas que se fijaban en mi memoria fugaz a causa de la saturación, el exceso de trabajo y la falta de descanso.
Entre cigarro y cigarro, parada tras parada para tomar café y orinar, conversando de cualquier cosa para no morir de aburrimiento, el mundo pasaba de prisa ante mis ojos. Uno de mis lugares favoritos eran los concesionarios de coches de segunda mano -así como muy gringos, pero más cutres, si cabe- que iban apareciendo aquí y allá, adornados con banderitas de colores, rótulos enormes en los que se leían nombres ridículos, explanadas repletas de vehículos aparcados bajo el sol inclemente o la lluvia embrutecedora, anuncios que te aseguraban que ahí, en esa parcela vallada, encontrarías el vehículo que estabas buscando. Encima del techo de los coches un letrero que decía “OCASIÓN”.
Recuerdo que uno de esos concesionarios llamó especialmente mi atención porque fuera del recinto, al borde la carretera, había un muñeco inflable enchufado a un compresor de aire que se movía de manera compulsiva no solo debido al aire que circulaba por su interior, sino también a causa del nordés que soplaba inclemente y atravesaba cualquier superficie o cuerpo. A su lado, una pickup F150 de los años ochenta de color azul celeste, atravesada por una ancha franja blanca, reluciente, un imponente monstruo que hacía sombra a cualquier vehículo europeo. Sobre el capó que cubría el absurdo motor V8 de 200 CV, un cartel enorme de letras rojas advertía que estaba “RESERVADO”. Me pregunté quién en su sano juicio habría decidido hacerse con ese coche tan grande e incómodo, de casi 3 toneladas, para ser conducido por las estrecheces y recovecos de la Galicia rural, quién podría permitirse llenar el depósito de gasolina, qué uso le daría.
Segundos después, cuando la pickup fue devorada por la distancia, me asaltó con violencia otra pregunta: ¿qué carajo hacía yo allí, dejándome la vida en la carretera, recorriendo kilómetros y kilómetros para posar cada noche en un patético escenario como un muñequito con la sonrisa postiza, rodeado de músicos aún más mediocres que yo y ataviados con trajes arrugados y corbatas mal anudadas, chupando sobres de azúcar o lamiendo el interior de los envoltorios de las chocolatinas que compraba en las gasolineras para evitar las pájaras, siempre a dos días de engancharme a la farlopa y a las benzodiacepinas, pellizcándome los antebrazos o mordiéndome los labios hasta sentir el sabor de la sangre con tal de no quedarme dormido cuando me tocaba conducir el destartalado Renault 21 de color verde botella que había sido adquirido precisamente en uno de esos concesionarios y evitar a toda costa acabar en el fondo de una ría, soportando el frío, el hambre y las ganas de comer por unos pocos billetes metidos en un sobre manoseado a final de mes? Supe entonces que tenía que dejar aquella vida inmediatamente.
OCASIÓN. Esa palabra resuena ahora en mi cabeza y sigue siendo todo un misterio. Cuántas ocasiones perdidas, desaprovechadas; cuántas oportunidades en su momento irreconocibles, desperdiciadas para siempre. Y el tiempo que marca el paso nefasto de una condena a cámara lenta hacia la irrelevancia y el olvido. Tal vez el “RESERVADO” de la F150 no era más que un reclamo para atraer clientes -cómo saberlo-, pero aún me imagino girando la llave en el contacto, escuchando el rugido del motor, comiéndome la carretera rumbo hacia ninguna parte, huyendo de todo. Aunque, pensándolo bien, no sé si preferiría seguir siendo como ese muñeco que bailaba loco a su lado, y dejarme zarandear por el viento hasta salir volando.
Fernando Prado.
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