
El lujo es una ilusión hecha a medida para distinguir significativamente a algunos por encima de otros. A medida, sí, porque no hace falta ser milmillonario para acceder al lujo; basta, por ejemplo, con tener un trabajo en una firma de artículos de alta gama o en un hotel de muchas estrellas para que nos creamos el cuento y nos reafirmemos en el quiero y no puedo; para que, en cuanto se presente la oportunidad, pronunciemos a viva voz ese “tú no sabes quién soy yo” a pesar de no ser nadie.
El lujo es un espejismo. Una suite hortera con vistas panorámicas en un edificio emblemático situado en lo alto de una colina convertido en hotel decadente desde cuyo burbujeante jacuzzi contemplamos no solo la ciudad, sino el mundo entero a nuestros pies. Ese mismo mundo que arde y se descose y se anega y se desangra mientras nos tomamos una copa de rosé.
Fernando Prado.
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