Privilegios

Uno siempre desea lo que no tiene. Un coche como el del vecino, una vivienda soleada con un trocito de jardín, un apartamento en la playa; y plata, por supuesto, que no falte, para tomar un vuelo de vez en cuando y aterrizar en un país en el que no entiendes a nadie, para comerse un arroz mirando cómo rompen las olas en la orilla, para ir al cine solo, para pasear de la mano de alguien a quien le importes.

Uno siempre desea lo que no tiene, excepto la decrepitud, esa putada inevitable a no ser que te mueras antes de tiempo. Nadie quiere convertirse en un viejo decrépito y cascarrabias que necesita que lo aseen y le limpien la mierda, que lo ayuden a comer y a vestirse; nadie quiere llegar a ese momento en que la vida es una calamidad y una falta de respeto.

Uno siempre desea lo que no tiene, excepto verse expulsado de la sociedad a la que se critica y se detesta y se odia, incluso, y con razón. Pero da pánico pensar en la posibilidad de verse fuera de plano, desenfocado, de pasar a ser ruido de fondo, indescifrable, un nadie.

Hemos convertido un trabajo digno, tres comidas, una ducha caliente a diario y una cama en privilegios.

Fernando Prado.

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