Cacería

Uno puede pensar -y de hecho, piensa- que en las guerras todo vale, que a pesar de las leyes, códigos, normas, tratados y convenios los actores involucrados en ellas se saltan las líneas rojas y rompen los marcos establecidos y aquello que conocemos como “humanidad” se hace añicos, pierde todo el valor simbólico que nos hemos empeñado en darle a través de los siglos, transformando aquello que conocemos como estado de derecho en un colador a través de cuyos agujeros va perdiendo todo el contenido. Sin embargo, la realidad tiene la caprichosa habilidad de sorprendernos cuando menos lo esperamos; es así como un titular en un periódico sobre algo que presuntamente ocurrió hace treinta años durante la guerra de los Balcanes consigue que todo lo que consideraba sólido, aunque fuese un espejismo, se convierta en una papilla pringosa de hedor nauseabundo.

Me imagino a esos hombres blancos, privilegiados, ricos y supremacistas relatando a sus amigos igual de blancos, privilegiados, ricos y supremacistas, cuántas piezas -hombres, mujeres o niños- se habían cobrado durante el fin de semana de cacería.

Fernando Prado.

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