Sobre LUX

Ahora que han pasado algunos días tras del lanzamiento del último álbum de Rosalía, me apetece escribir estas líneas. Me gustaría, para empezar, partir de la idea de que el arte no es un coto reservado a los entendidos, a la vieja burguesía que la consumía, a los críticos que definían las tendencias. El arte puede ser un territorio inconmensurable e incomprensible, y al mismo tiempo, un lugar diminuto, asfixiante, en el que el éxito -a quien le importe, vaya- está directamente relacionado con la capacidad de sobrevivir a la anoxia.  

No seré yo quien les diga lo que es arte, pues dependerá finalmente de las opiniones y sensibilidades de cada uno. Desde mi punto de vista, cualquier cosa puede serlo. Tratar de definirlo, de acotar aquello que es o no es arte según unos parámetros conceptuales, discursivos, técnicos, disciplinarios, etc. me parece una tarea inútil. ¿Es arte un libro que se convierte en súper ventas? ¿Lo es la obra pictórica de un desconocido? ¿Es arte una pieza musical compuesta en las sombras y jamás interpretada? ¿Lo es una fotografía publicada en una cuenta de Instagram? ¿Es arte un plátano pegado a una pared con cinta adhesiva? 

Rosalía nos tiene acostumbrados a la incertidumbre. Después de El Mal Querer, pocos se atrevían a adivinar cómo sonaría el próximo disco. Nos sorprendió con un Motomami banal, poligonero, chonismo con pretensiones de ilustración, pero no por ello mediocre, qué va, todo lo contrario.   

En LUX, la diva no inventa nada nuevo, ni experimenta nada que no se haya experimentado con anterioridad hasta el aburrimiento en diferentes estilos. A mi parecer, Lux es un disco sumamente comercial, concebido y producido para ser el centro del Universo y liderar las listas de ventas y reproducciones, y desatar la locura de sus fans. Pero también es un trabajo excelente. Si obviamos las letras y lo que podemos interpretar de ellas y nos ceñimos a lo estrictamente musical, podemos decir que este es un muy buen disco. Nadie decide contar con colaboraciones como las de Björk, Yves Tumor, Estrella Morente, Silvia Pérez Cruz, Carminho, Yahritza y Su Esencia, si no es para conseguir un disco que es un montón de miembros formando un cuerpo heterogéneo, pero que funciona a la perfección. Porque detrás del éxito y la soberbia contundencia de este disco están nada más y nada menos que Noah Goldstein, Dylan Wiggins, la camaleónica Björk -siempre vanguardia-, la talentosamente exquisita Caroline Shaw –les sugiero que corran a escuchar su trabajo- o El Guincho. Creo que no debería ser necesario reivindicar el talento de la propia Rosalía, pero en cierta manera lo es. Parece que no se puede flirtear con variedad de géneros y salir inmune al menosprecio y a la crítica despiadada. Y es precisamente de su talento de lo que deberíamos hablar sin obviar el contexto tremendamente favorable de la cantante, pues un contrato con una multinacional facilita mucho las cosas. Gracias a ello se puede contar con los mejores músicos, compositores, arreglistas, ingenieros de sonido, productores y demás profesionales que intervienen no solo en la elaboración de un disco, sino también con las campañas y estrategias de marketing y difusión. Lo que quiero decir es que el resultado de una buena idea crece de manera exponencial cuando el creador dispone de medios casi ilimitados. 

Otra cosa es el discurso, que parece responder al momento vital de la cantante -o no, puede que todo sea intencionado, una pose premeditada, lo cual tampoco sería motivo de sorpresa-, y la estética elegida para la ocasión -la apariencia monjil, el guiño a la locura contenida en un hábito del que no se puede escapar, el cuerpo pecador que se debate entre el placer y la redención-. El lenguaje me resulta sumamente aburrido; todo ese rollo de la fe y la espiritualidad aderezado con un toque de catolicismo molón está demasiado manido. Y aquí se presenta una enorme contradicción: la de una persona que abraza el feminismo y al mismo tiempo flirtea con conceptos religiosos -la religión, desde mi punto de vista, es una celda-. Pero ¿qué es el ser humano sino pura contradicción? 

Está de moda la estética pseudo católica -montajes de óperas, danza contemporánea, cine, etc.-, dieciochesca; está de moda la reinterpretación de las místicas -Sor Juana Inés de la Cruz, Hildegard Von Bingen, por poner un par de ejemplos- y el encaje de sus obras en el nuevo feminismo conservador y blanco que lucha –o eso pretende- desde el privilegio de clase; está de moda -evolución obvia del boom de la autoayuda, el coaching y demás pajas- la espiritualidad fabricada a medida de cada uno, el individualismo entendido como virtud. Rosalía nos viene a decir que ha leído a las autoras feministas más top, que ha visto las pelis de Chantal Akerman y Andréi Tarkovski; se cuestiona de alguna manera lo mismo que Steve Vai -y toda la humanidad desde hace siglos- hiciera en su canción Sex and Religion de 1993 -why can’t you love God in your bed?-. Hay en la sociedad actual un acercamiento a lo religioso, al conservadurismo, a la resurrección de un dios que creíamos haber matado, una especie de Frankenstein hecho de trozos, así es como cada uno se construye una fe a medida, reinterpretando los mitos, apropiándose de ellos, dándoles otra forma. Y luego están los paralelismos que traza entre el amor y la idolatría, el querer y el sufrir, que se enfrentan al intento de extirpar el amor romántico y desterrar los cuentos de princesas, ese ideario que tanto daño ha hecho. Es un retroceso, sin duda. Que una artista tan influyente como Rosalía opte por todo esto no es casualidad, sabe perfectamente -es obvio que no es tonta, como piensan algunos, y que tiene un olfato muy desarrollado- que hay mercado. Y es que fantasear con llevar una vida contemplativa y sosegada al margen de la vorágine del capitalismo caníbal, leer en lugar de producir, orar en lugar de “escrolear”, fantasear, digo, está muy bien. La pregunta es hasta qué punto estamos dispuestos a renunciar a las comodidades de la vida moderna, a la adquisición de objetos, a la disponibilidad de todo tipo de ocio, al selfie, al sexo con tal de adoptar el celibato voluntario, el dogmatismo, la doctrina y la sumisión que implica la vida monástica, o siendo menos drásticos, una vida religiosa en el más amplio sentido de la palabra. Dice Rosalía que vivimos en una época en la que es más necesario que nunca tener certezas y a continuación se lanza a hacer apología de la fe -esa cosa que nos puede dar muchas cosas excepto, precisamente, certezas-, proselitismo religioso – católico y blanco-. Y aquí vuelve a estar presente el privilegio, porque Rosalía nos habla desde la cima de un Olimpo al que ha conseguido ascender gracias a su talento, esfuerzo y bla, bla, bla, pero en el que -cosas que le pasan a los dioses- ha sido atacada por una amnesia selectiva, y por un tontismo secular y despiadado que nos habla como si todos fuéramos iguales -clase, oportunidades, etc-, como si todos nos pudiésemos permitir buscar -y encontrar- a dios en todas las cosas.

LUX es un disco (producto) perfecto. Pasarán los años y seguiremos hablando de su impacto y de cómo habrá cambiado –porque probablemente lo hará- el pop.

Fernando Prado.

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