Tomás y las orcas

Tepic es una ciudad pequeña, eso siempre me ha gustado. Durante años vacacionaba ahí, incluso pasé un verano al completo y casi me quedo a vivir, finalmente me fui al DF y después a Puebla, pero siempre fue un sitio al que me apetecía volver. El color de su cielo, los cerros que le rodean, la niebla, el aroma a caña de azúcar del ingenio, la cercanía con el mar del Pacífico, sus frutos, sus comidas y su gente, la hacen irresistible.

Finalmente, en julio de 2007 me mudé a Tepic, me quedé en casa de Yamil. Él me presentó a todo mundo, agentes culturales, artistas, colegas del mundillo de la arquitectura y restauración. Entre muchas cosas que hice, surgió la oportunidad de trabajar en el futuro Museo de Arte Contemporáneo Emilia Ortiz, para ello era necesario formar a todo el personal para ese museo y el de otro que también abrirían. Así que el propio INBA llevó a Tepic un diplomado en «Gestión de Museos» (no recuerdo el nombre específico) que debíamos hacer como requisito para el futuro trabajo. Era los viernes y sábados, en distintos lugares según las asignaturas, pero mayormente fue en la Universidad de Tepic. Ahí fue que conocí a Tomás Pérez, era un par de años más joven que yo, de hecho él, yo y algunas pocas personas más éramos los veinteañeros del curso.

Tomás Pérez González era un joven muy inteligente, sensible, muy bien formado en arte contemporáneo, carismático, tenía una manera muy peculiar de comunicarse, era ingenioso y simpático. Conversábamos lo justo, no había mucho tiempo. Un día me propuso hacerme una entrevista para «Guiaducto» un periódico local en el que colaboraba. Nos reunimos en un café del centro que me gustaba mucho, hacían unos molletes muy ricos y a buen precio. Hablamos un buen rato y a los pocos días me regaló el periódico impreso, nuestra charla la tituló «Gusto por el azul».

Con el tiempo coincidíamos en más lugares, trabajos y proyectos. Me caía muy bien, previo a venirme a Galicia, él me ayudó con varios asuntos, uno de ellos fue sustituirme en la prepa donde daba clases de arte. También me ayudó a gestionar los pagos e impresiones de «Versos errantes», uno de los proyectos que hice para venir a España y Galicia, por lo que estuvimos un tiempo escribiéndonos emails.

Nunca más lo volví a ver, aunque sí lo típico en facebook, sobre todo. Cuando inauguraron el nuevo Museo de Arte Contemporáneo Emilia Ortiz, gracias a él pude ver las fotos del evento, y con todo lo que posteaba me iba enterando de la programación del museo y las actividades que hacían. Tiempo después él también se fue de Tepic, se mudó al DF (Ciudad de México) a trabajar entre otras cosas en el Museo Carrillo Gil.

Siempre trabajó en la gestión cultural y el arte contemporáneo. Supe que murió el 28 de noviembre de 2025 a los 43 años de edad, por un post que hizo Bupunary, otra referencia «de siempre» en la cultura nayarita. Más tarde me di cuenta que conocía a la madre de Tomás de hace años y que además es una persona a la que estimo mucho. Me siento muy triste por su muerte, empatizo con los sentimientos de su madre y de la gente que conocía en Tepic y que llora su ausencia física.

Su trabajo plástico lo conozco por medio de lo que él mismo compartía en redes y que he vuelto a visitar en estos días. Inteligente, gracioso, con simbología «popular», arrabalero, sincrético, pintaba orcas casi de manera obsesiva, playas, mares, rostros, situaciones graciosas. Hacía fotomontajes, memes, instalaciones, él mismo posaba en las fotos con intenciones expresivas. Siempre intentaba comunicar algo, hacer reír y reflexionar al mismo tiempo, como este texto del 2020 que comparto:

«Y como ya pasé del nivel ateo a nivel agnóstico, que le doy gracias a un posible dios, o a la vida o a pikachu, por mis amigos, mi familia y mi trabajo e incluso por navidad, celebremos la oportunidad de ser mejores personas, aunque sea un día. Total, daño no nos va a hacer».

Creo que con su trabajo como artista y como gestor cultural, llevó el arte contemporáneo a Tepic y, con su ingenio y sensibilidad, intentó decir cosas que necesitábamos escuchar, pero con palabras nuevas.

Lo extrañaré (aquí se dice echar de menos) y lo recordaré con gratitud y afecto.

Augusto Metztli.

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