
Iba caminando sin rumbo por el centro de una pequeña ciudad apenas conocida pese a la cercanía, haciendo tiempo hasta la hora de apertura de una librería “de barrio” en la que pretendía, aprovechando la visita, comprarme un par de libros, cuando una amiga a la que fui a visitar y yo pasamos por delante de un pequeño local en cuyo interior había algunas mesas y una La Marzocco descomunal encima de una barra diminuta tras la cual una chica preparaba cafés.
Eran casi las cinco de la tarde, una hora poco recomendable para tomarme un café, pero pensé que aquel rincón era ideal para hacerlo, no solo por la cafetera y las extrañas tazas que reposaban sobre esta -piezas que resultaron ser originales, hechas a mano en un taller de cerámica ubicado al fondo del local-, sino también -y sobre todo- por el ambiente que se percibía tras la cristalera.
Una chica nos dio la bienvenida de manera efusiva, con una sonrisa enorme y una cadencia que me trasladó de inmediato a miles de kilómetros al otro lado del Atlántico, al lugar en el que nací , crecí y viví hasta los 22 años. Si existe una patria -o lo que sea-, pensé, es el lenguaje. El lenguaje no es solo un idioma, es una manera de comunicarse, una expresión corporal, cadencia y ritmo, una sonoridad inconfundible, materia intangible, y cuando se escucha, se ve y se percibe de forma sincera uno se siente como en casa -o lo que sea, insisto-.
Porque, sinceramente, por muy integrados que nos sintamos, por mucho que creamos habernos adaptado a las sociedades en las que vivimos, por mucho que hayamos racionalizado esa pendejada de que somos ciudadanos del mundo, la comunicación, la comprensión -el intercambio, incluso- nunca -o casi nunca- son tan fluidas como cuando nos encontramos a pesar de las circunstancias, en lugares imprecisos y descomunalmente fríos, personas desconocidas que crecimos rodeados de la misma luz tropical, de los mismos colores imposibles, a los pies de El Ávila, escuchando por encima del insoportable bullicio de la ciudad infernal el canto del cristofué, el alarido de las guacamayas, evidenciando nuestras propias presencias a través de un tacto añorado, inmersos en una exuberante -y a veces extenuante- vibración. Nuestra idiosincrasia fue perdición, sin duda, pero también es -ahora, en la distancia, casi en el olvido- consuelo, regocijo y hasta esperanza.
Qué ingenuo suena todo esto. Puede que lo sea. Lo cierto es que por primera vez en mucho tiempo dejé de sentirme extranjero, al menos durante unos minutos.
Fernando Prado.
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