
Un arquitecto pensó que una plaza y la remodelación del centro histórico de la ciudad de Guadalajara en México podría unir, aquello que quedó dividido por la colonización española, es decir, unir los barrios tradicionalmente de los pueblos originarios con los de los colonizadores y la descendencia de ambos. La Plaza Tapatía es el epicentro de aquello, donde hay una fuente con esculturas alegóricas a Quetzalcóatl. No funcionó, las diferencias sociales son muy profundas, el racismo, el clasismo y el colorismo son estructurales, lo sostienen todo y están implícitos en la vida diaria desde entonces y hasta ahora.
En 1990 más o menos, mi mamá y yo nos mudamos a vivir al Sauz, una colonia de departamentos de clase obrera, era vivienda pública del Infonavit, ahí viví dos procesos que han marcado a todos y todas, el narcotráfico y la emigración. Al ser niño y adolescente pensaba que eran situaciones reducidas al ambiente en donde vivía, no que que fueran un fenómeno que sucedía en otras colonias, barrios o territorios, o sencillamente que afectaban a clases trabajadoras y obreras y no a las colonias de gente rica o clase media alta.
Día tras días convivíamos con las y los jóvenes que se iban por puñados a cruzar la frontera, el narcomenudeo, los balazos por la noche, o incluso por el día, como aquella vez que en la secundaria que estaba más arriba cerca del cerro del tesoro, dispararon con una metralleta el portal de la escuela, la gente consumiendo droga en las esquinas o incluso el miedo de la policía a entrar en la zona donde vivíamos. La delincuencia, los bloqueos de la avenida del tesoro para que detuvieras el coche y asaltarte, ver y quedarte agachado entre las persecuciones de las pandillas de una calle y otra, armadas con piedras, cuchillos y botellas, saltando de un edificio a otro, de un patio a otro. Y a pesar de todo, salíamos a jugar al futbol o al basquetbol a la calle o en las canchas. Salíamos a cenar tacos o tortas a la esquina o al mercado, íbamos a la primaria, a la secundaria y a la prepa. Hacíamos nuestra vida, entre violencias. Pues era el narcotráfico que lo manchaba todo, que lo escurría, que lo manejaba, que lo dinamitaba todo, ese barrio y otros tantos eran el último eslabón de toda la cadena, la carne de cañón, los prescindibles, los anónimos. Muchos de ellos acabaron en la cárcel, muertos o en USA. La última vez que fui, casi no quedaba nadie, solo la gente que se fue haciendo mayor.
Pero en lo que viví ahí, nunca me tocó ver que paralizaran la ciudad entera, que quemaran coches o camiones, que tuviéramos que recluirnos en casa. Recuerdo cuando asesinaron al Cochiloco a unas cuantas calles de las casa de mis abuelxs maternxs o cuando asesinaron al obispo en el aeropuerto de la ciudad de Guadalajara. Aquello que era marginal, ahora no lo es, sucede en cualquier sitio. Eso me impresiona y estremece. O que el epicentro fuera la plácida población de Tapalpa, donde tengo recuerdos tan lindos.
Una foto de los narcobloqueos y de la violencia como reacción a la captura y muerte del Mencho, muy cerca de la Plaza Tapatía, me hizo pensar en aquella soberbia de un arquitecto, que pensó que con una plaza y renovando el centro histórico de la ciudad acabaría con la desigualdad sistemática y con la injusticia social, nunca se hubiera imaginado lo que pasaría casi medio siglo después, en esa vibrante ciudad, en esa intensa zona de México, que lo mismo puede ser el epicentro del narcotráfico mundial o de una de las ferias del libro más importante del planeta. Por eso me pareció curioso el post que hizo la escritora Rosa Montero en su facebook a propósito de lo sucedido: «Con el corazón roto ante este infierno de violencia que el cáncer de los narcos está desatando en mi querido México, en mi amada Guadalajara».
Dos días después, mis amistades y familia, siguieron haciendo su vida, como siempre.
Augusto Metztli.
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