
Existe la creencia -sospecho que ampliamente extendida- de que el cuerpo humano, tras el necesario período de adaptación, se acostumbra a todo. Se aclimata al frío, soporta el dolor, desarrolla capacidades sorprendentes a base de innumerables repeticiones, se extiende o expande o estira hasta el infinito si se insiste lo suficiente; algunos se ponen místicos y aseguran que si sometemos al cuerpo a tormentos sadomasoquistas y diferentes tipos de castigos inhumanos, entramos en una especie de canal que nos conecta con la gracia divina y el origen de todos los orígenes.
Nadie niega que sin ciertas dosis de sufrimiento -en ocasiones extremas y acompañadas de un talento inconmensurable- sería imposible crear e interpretar algunas composiciones musicales, obras de ballet o de danza contemporánea, correr un maratón en dos horas, pasar seis meses orbitando dentro de un módulo, en gravedad cero, alrededor del planeta.
Pero hay otros sufrimientos no autoinfligidos, otros dolores que no son consecuencia de llevar el cuerpo al límite para cumplir objetivos, conseguir gestas heroicas o romper récords. Y no, el cuerpo no se acostumbra, cualquier persona que se vea obligada a vivir a diario con dolor os lo dirá.
No debería ser cuestionable la decisión de una persona de poner fin a su vida -no existe, en mi opinión, prisma moral, ético, ideológico o religioso a través del cual mirarlo- cuando el dolor físico y la vida misma se hacen insoportables y mentalmente insostenibles.
La eutanasia es la intervención deliberada para poner fin a la vida de un paciente sin perspectiva de cura, la muerte sin sufrimiento físico.
Fernando Prado.
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