
Cumples una jornada laboral en muchos casos extenuante y desempeñando trabajos desagradables, pesados, que castigan el cuerpo, que te enmudecen, te dopan, anulan cualquier inquietud o reinterpretación de las reglas establecidas; trabajos en los que no debes pensar, o al menos debes pensar lo mínimo imprescindible y solo en aquello estrictamente relacionado con el óptimo desempeño de tu labor, porque es importante para ti, te dicen, para que puedas desarrollarte como individuo, pero también para la sociedad; y somos un equipo, somos iguales, todos somos “personas”, aunque eso de personas esté sutilmente bañado en falso oro, porque la verdad es que no vales nada, y el día que te rompas, que no puedas más, que rindas menos o que tu productividad sea inferior a lo que alguien calculó, cronometró y guardó en un Excel corporativo serás sustituido por otro más joven, más rápido, más sumiso y más barato.
Vives bajo la tiranía de un calendario que no te da tregua, pues siempre hay una fecha importante -navidades, reyes, carnavales, semanas santas, días del libro, del padre, de la madre, rebajas, vacaciones, vueltas al cole, cyber mondays, black fridays, un larguísimo etcétera y vuelta a empezar. Además, por si no fuera suficiente, libras un debate interminable entre ser o no ser, querer o poder, estar o desaparecer, postergar o anular, dividir o restar -es curioso, nunca es cuestión de sumar o multiplicar-, pero bueno, vas tirando, hasta que te asfixias. Espabila, te animan, porque rendirse es de cobardes, puedes conseguir todo lo que te propongas, cambia de actitud, camina derecho y no te olvides de sonreír.
Fernando Prado.
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