La maestra que sabía por dónde soplaba el viento en el gran incendio de Chicago

Después de los años como estudiante de arquitectura, más tarde trabajando en la profesión y ahora tanto tiempo después de haberla dejado, en mi memoria emocional y afectiva, quedan un puñado de profesores y profesoras, las que fueron significativas y que me emocionaron con su hacer. La arquitecta Alma Radillo, es una de ellas. Daba «Historia moderna de la arquitectura», no recuerdo el nombre específico de la asignatura, pero era algo así.

Ella había desarrollado un método infalible para darnos la clase, consistía en ver las diapositivas atentamente y escucharla, no anotar nada, cada cierto número de diapos, había una pausa, y mostraba una imagen con los puntos más importantes para anotarlos en nuestras libretas, a su vez nos comentaba cosas, aclaraba ciertos nombres o palabras, continuaba y así sucesivamente. Nos pedía que antes de su clase, repasáramos unos minutos lo que habíamos anotado la sesión anterior. Funcionaba muy bien, sabíamos muchísimas cosas y despertaba nuestra curiosidad, nos hacía sentir y emocionarnos con la hermosa arquitectura.

Siempre fue justa y puntual, no recuerdo con precisión si nos daba 5 minutos de tolerancia o debíamos a estar en punto, tampoco estoy seguro si su clase era a las 7 u 8 de la mañana, hace mucho tiempo de aquello. Pero recuerdo que solo una vez me quedé fuera porque el trolebús se retrasó. Si llegabas tarde, te dejaba entrar a la segunda hora.

Sabía los nombres de todos y todas las alumnas, aún recuerda el mío. Sabe anécdotas específicas contigo, de tus compañeros y compañeras de clase, tiene una memoria privilegiada. La mayoría de las fotos eran hechas por ella, es decir, se había recorrido medio mundo visitando aquellos edificios de los que nos hablaba y tenía las fotos precisas que necesitaba para sus clases. Edificios emblemáticos de «la escuela de Chicago», muchos de los edificios de Frank Lloyd Wright, de Mies, de Le Corbusier, de Kahn o de la Bauhaus. Conocía toda clase de anécdotas, detalles, curiosidades y datos interesantes.

Sus exámenes eran muy originales, les llamaba «pescaditos» porque mientras los hacía nos ponía una película documental de fauna marina. Eran orales, iba uno por uno, haciendo una pregunta, si la sabías permanecías sentado, si no la sabías te ponías de pie y te colocabas en el pasillo, debía haber silencio absoluto, las preguntas no respondidas iban pasando de uno a otro hasta responderlas de manera correcta. Una de ellas no la sabíamos nadie, así que después de media clase de pie por no conocer la respuesta, la maestra tuvo que decirla. La pregunta era «En el gran incendio de Chicago de 1871, ¿de dónde provenía el viento, qué hizo que se extendieran las llamas tan rápido?», nos mirábamos desconcertados, cómo íbamos a saber eso. La respuesta correcta era: «Los fuertes vientos del sudoeste». Nunca más lo olvidamos, por lo menos durante un tiempo. Ahora debí de buscarlo en internet.

He vuelto a coincidir en dos ocasiones más con ella, la primera fue años después de que me diera clases, pedí que fuera una de mis sinodales del examen profesional, gracias a ella aprobé con 8, defendió mi tesis, defendió mi manera de ser y entender la arquitectura, porque cuando pude presentarme a mi examen ya llevaba un tiempo trabajando. Frente a ella juré ser un buen profesional, allá en México hacemos un juramento así. La segunda fue en la distancia, viviendo aquí en Galicia, poco después de la pandemia, le pedí si quería prologar un poemario que hice sobre arquitectura y urbanismo, aceptó encantada. Escribió un hermoso prólogo.

Se ha jubilado, empezó muy joven siendo profesora de historia, en el camino fue la directora de la biblioteca y profesoras de otra asignaturas.

Es y ha sido una de mis mejores maestras, generosa, inteligente, sensible, justísima, respetuosa. Se preocupaba por nosotros y nosotras y nos ofrecía su ayuda.

Maestra, gracias por todo y por siempre.

Augusto Metztli.

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