Casitas de papel

Se supone que todo ser humano tiene los mismos derechos. Cabe preguntarse qué es un ser humano, y cuánto queda de “humano” en nosotros.

Las palabras, si no se complementan de acciones, tan solo son un eco que resuena hasta que se extingue. Se usan para llenar páginas y páginas de constituciones, leyes, códigos, tratados, programas políticos, declaraciones, discursos, para decir te quiero, te extraño, o te odio y ojalá que te mueras, para informar y desinformar. Las ordenamos de tal forma que no solo nos ayudan a comunicarnos y, a veces, a entendernos, sino que también son imprescindibles para hacernos sentir mejores personas y para conciliar el sueño por las noches. Pero ¿qué les decimos a los desgraciados que se aferran a sus supuestos derechos para subsistir? ¿Cómo les explicamos que las palabras a veces carecen de contenido y no pesan más que el papel que las soporta? ¿Qué hacemos con ellos cuando se plantan delante de nosotros con su desesperación y su mirada nos grita que están hartos de ser unos miserables? Si la respuesta es que ellos no tienen derechos, que no hay leyes que los amparen y protejan y que no podemos hacer nada por ellos porque, además, representan una amenaza a nuestra sociedad, a nuestros valores, a nuestra integridad, a nuestra seguridad, a nuestra cultura, entonces, definitivamente, estamos condenados. Nos daremos cuenta cuando nuestras casitas de papel se derrumben y seamos nosotros -otra vez- los parias.

Fernando Prado.

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