
Siempre me da la impresión de que la gente de aquí subestima a las personas mexicanas y latinoamericanas en general. El pensamiento colonialista se percibe en el ambiente y en las estructuras de poder del estado español, lo que se conoce como racismo institucional.
Además de subestimarnos hay un profundo desconocimiento sobre nuestra forma de pensar y sentir, y la provocadora, cruel y corrupta de Isabel Díaz Ayuso ha sufrido las consecuencias. Nuestra supervivencia como país, como territorio mexicano, al lado de USA, nos ha hecho establecer ciertos códigos, leyes y formas de estar en el mundo. Somos profundamente nacionalistas, para bien o para mal, pero es lo que somos, México suele ser un país neutral en los conflictos bélicos y siempre intenta mediar, somos pacifistas. Por eso es que no nos tomamos muy bien, que alguien de fuera llegue con violencia a decirnos cómo debemos pensar, cómo debemos sentir, cómo es nuestra historia y qué debemos votar. Ayuso hizo todo lo que un extranjero no debe hacer en México (incluyendo escribirlo con «j») a menos de que sea mala persona o muy idiota. En su caso creo que aplica a ambas.
Al mismísimo Manu Chao, el gobierno de derechas de Calderón lo largó del país aplicándole el famoso artículo 33, que se hizo para proteger la soberanía del país, y dice así: Los extranjeros no podrán de ninguna manera inmiscuirse en los asuntos políticos del país. Ayuso se esforzó en que se le aplicara, pero paradójicamente quienes la largaron fueron empresarios, negándole el acceso a un evento que su gobierno patrocinó con casi medio millón de euros, eso es una venganza poética, para gente ultra liberal como ella.
Cuando aquí en España, eres una persona antirracista, siempre hay algún fascista que te dice: si te gustan tanto los negros, panchitos, sudakas o moros porque no te los llevas a vivir a tu casa. Pues si a Ayuso tanto le gusta Hernán Cortés, y tan «salvajes» dice que somos, porque no le preparamos un caldito de tuétano con los huesos del invasor, se lo servimos y así siempre vivirá dentro de ella.
Y sí, somos salvajes, pero eso es algo que ella nunca entendería.
Augusto Metztli.
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