
Leo una entrevista a Ángela de Miguel, presidenta de la patronal Cepyme. Expone los motivos por los que el sector se viene quejando desde hace años, habla de barreras artificiales, de dificultades, de la supuesta “función social” que cumplen las pequeñas y medianas empresas; reprocha la falta de diálogo, la implantación de medidas de forma unilateral por parte del Ministerio de Trabajo, y afirma que “la cantidad de normativa laboral, el aumento de costes laborales y del salario mínimo interprofesional” son un “grandísimo problema”. Y continúa. “Cuando fijamos salario, lo fijamos de acuerdo con los trabajadores, que saben la realidad de la empresa y hasta dónde pueden llegar. Y las empresas sabemos lo que necesitan nuestros trabajadores”. Falacias. Decirle a un trabajador que percibe el SMI que cobra demasiado es una falta de respeto -entre otras cosas-, es cargarte el puto diálogo social por el que abogas -esto es lo que hay y da gracias que tienes un trabajo-, es culpar indirectamente al trabajador de lo mal que te va como empresario, de lo poco que ganas, del infierno fiscal al que te someten. El infierno, Ángela, es cocerse a fuego lento en el cálculo infinito, en la merma de posibilidades, en la precariedad de una vida que -literalmente- no vives, en el pánico que provoca la cuenta en números rojos, en saber que un día no podrás pagar el alquiler, en lo cerca que estás de la indigencia.
Hasta el más insignificante tornillo tiene que estar debidamente ajustado para que una maquinaria compleja funcione de manera óptima. Tal vez sea necesario hacer revisiones exhaustivas antes de que todo salte por los aires.
Fernando Prado.
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