
En la capital del reino, las personas que gobiernan, celebraban su día «grande» con militares, armas y banderas desfilando de manera pomposa, ahí aupaban las violencias del colonialismo que empezaron en Abya Yala el 12 de octubre de 1492.
Por el contrario, en otros espacios, había reflexión, preguntas, sentires, narraciones, búsquedas, silencio y música.
Fuimos felices, se trenzaron, hablamos, compartimos alimentos, saberes y afecto migra el 12 de octubre de 2026 en Ácefala en A Coruña, España.
Comparto el manifiesto escrito de manera colectiva para el Anti 12- O:
SIN VOCES MIGRANTES, NO HAY DESCOLONIZACIÓN
Manifiesto anticolonial y antirracista
Escribimos este manifiesto a partir de diferentes sentires y realidades, de manera colectiva y orgánica, porque, a pesar de nuestras diferencias, sentimos el peso de la racialización y la colonización en nuestras existencias. ¿Qué significa habitar el territorio de un reino que colonizó el lugar donde naciste? ¿Cómo deberíamos sentirnos cada 12 de octubre, cuando, por un lado, se celebra la «hispanidad» y, por otro, se evita hablar del genocidio en Abya Yala?
Desde la llegada de Colón a Abya Yala, la colonización ha provocado la muerte de millones de personas indígenas, la esclavización de millones de personas, el expolio de nuestros territorios, la destrucción de documentos históricos y la desaparición de numerosas lenguas, culturas y conocimientos. La violencia sexual contra las mujeres indígenas también formó parte de un sistema de dominación sostenido por las estructuras coloniales.
Cada 12 de octubre, la monarquía y distintos sectores políticos e institucionales del Estado español mantienen una celebración que ensalza la llamada «hispanidad» mientras invisibiliza la violencia sobre la que se construyó la conquista. Se están quedando solos en su fiesta gore. Aquello que durante siglos se presentó como descubrimiento o encuentro entre culturas debe nombrarse también desde el despojo, el sometimiento y el genocidio que sufrieron los pueblos originarios.
El colonialismo no es pasado. En nuestros cuerpos reconocemos las huellas de una historia que continúa reproduciéndose mediante un sistema capitalista, mercantilista y patriarcal que profundiza la deshumanización, el individualismo y la destrucción de la vida. Hoy seguimos defendiendo el Sumaj Qamaña, el vivir en plenitud, armonía y equilibrio; el derecho a la vida, al cuidado, a nuestros territorios y al reconocimiento de nuestros saberes.
Las relaciones coloniales persisten en la intromisión en nuestra soberanía territorial y económica, cuando intereses externos condicionan las decisiones sobre nuestros bienes comunes, nuestros recursos y nuestras formas de vida. Se expresan en modelos de desarrollo impuestos, en relaciones de dependencia entre el Norte y el Sur globales y en economías orientadas a la acumulación de unos pocos. Las consecuencias son visibles cuando se explotan territorios, se contaminan nuestros ríos, desaparecen nuestros bosques y se sostienen cadenas de producción vinculadas a la explotación laboral, incluso infantil. No hablamos solamente de recursos naturales: hablamos de comunidades, memorias, saberes y formas de vida amenazadas por un sistema que antepone el beneficio económico a la vida.
Defender nuestra soberanía territorial y económica es defender nuestra capacidad de autodeterminación y el derecho de los pueblos a decidir sobre su presente y su futuro. Pero esta defensa no puede desvincularse de nuestros derechos a migrar, desplazarnos, permanecer y habitar dignamente los territorios que construimos y sostenemos con nuestras vidas.
Las mismas lógicas coloniales que saquean territorios y subordinan economías se reproducen en las fronteras, las políticas migratorias y las relaciones sociales que jerarquizan unas vidas por encima de otras. Se manifiestan en el racismo, la xenofobia y las violencias atravesadas por la raza, la etnia y el género; en el desprecio hacia las personas racializadas y en la exigencia permanente de demostrar que merecemos estar aquí. No podemos denunciar la dominación colonial sobre nuestros territorios mientras reproducimos esas mismas relaciones de poder sobre quienes los habitan.
Por eso, denunciamos el racismo, la xenofobia, la explotación y las consecuencias históricas y actuales del colonialismo. Cuestionamos que el 12 de octubre continúe siendo una celebración mientras se invisibilizan el genocidio, la esclavización, el expolio y la imposición cultural sobre los pueblos originarios.
Exigimos el reconocimiento de las violencias coloniales y de sus consecuencias presentes; el respeto a la soberanía territorial y económica de los pueblos; y la garantía efectiva de los derechos de las personas migrantes, afrodescendientes y racializadas. No aceptamos que nuestro origen, nuestro color de piel, nuestra pertenencia étnica, nuestro género o nuestra situación administrativa determinen nuestras posibilidades de vivir con dignidad.
Pero precisamente porque denunciamos el colonialismo, necesitamos cuestionar también las prácticas que pueden reproducirlo dentro de nuestras propias luchas. No es posible hablar de anticolonialismo y descolonización sin garantizar la voz, la participación y la capacidad de decisión de quienes procedemos de territorios colonizados y vivimos las consecuencias de la racialización.
Nos oponemos a que las personas migrantes aparezcamos únicamente como destinatarias de convocatorias, fuerza de movilización o parte genérica de una supuesta clase obrera, sin que nuestras experiencias, nuestros saberes y nuestras demandas tengan un lugar real en la definición de las luchas colectivas. No se trata de negar la importancia de las luchas de clase ni de las alianzas contra el imperialismo, sino de reconocer que no todas las personas ocupamos la misma posición ni vivimos de la misma manera la explotación y las violencias que nos atraviesan. No somos una clase obrera homogénea, ajena a las desigualdades que producen el racismo, la racialización y el género.
Descolonizar también es desaprender: cuestionar nuestras prácticas, escuchar y validar los sentires de las personas afrodescendientes, migrantes y racializadas, y reconocer que denunciar la opresión no nos exime de reproducir relaciones de dominación. No basta con hablar en nombre de los pueblos; necesitamos construir espacios donde sus voces tengan capacidad real de proponer, disentir, decidir y transformar.
Queremos construir alianzas, no subordinaciones. Queremos articular las luchas antirracistas y sociales desde el reconocimiento mutuo de nuestras diferencias, sin exigir que unas voces se adapten a otras para ser escuchadas. Porque la lucha contra el imperialismo no puede reproducir dinámicas de invisibilización. Porque una lucha anticolonial debe ser también una práctica decolonial.
No queremos ocupar un lugar simbólico en luchas cuyas decisiones se toman sin nosotras. Queremos participar en su construcción, desde nuestras experiencias y saberes, transformando las relaciones de poder que también atraviesan nuestros propios espacios políticos.
Como dice Lugo Mar: SIN VOCES MIGRANTES, NO HAY DESCOLONIZACIÓN.
Augusto Metztli.
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