
Camina despacio y su cuerpo, una rotundidad, se balancea como un péndulo. Lleva varias bolsas a cuestas, abultadas y rebosantes de ropa. Por las tardes se sienta en un banco al sol, habla, canta o ríe. También observa. Te ve pasar y te sigue con una mirada animal, desnuda y sin juicio, otras veces parece que te escruta como queriendo escarbar y colarse dentro de ti para saber qué hay. Sus cabellos grises se extienden, larguísimos, con la brisa serena del atardecer. Solo las mimosas permanecen orgullosas mientras el mundo se va apagando. La mujer se levanta, se cuelga las bolsas y se va a algún lugar en el que nadie la espera.
Fernando Prado.
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