
Debo ser un idealista, un romántico o un ingenuo -probablemente sea todas estas cosas-, pero, a pesar de los numerosos casos de corrupción, tráfico de influencias, blanqueo de capitales, acoso, violencia de género y un largo etcétera que han venido protagonizando -al menos presuntamente- políticos y personalidades de izquierda y de la esfera progresista, me niego a repetir el mantra cada vez más extentido -no sin razón- de que todos son iguales.
Se pueden tener referencias morales, éticas, espirituales y de todo tipo, lo que no podemos es seguir rezándole a un santo que ya no alumbra y que se ha caído, él solito, del altar que le habíamos construido y que tan ciegamente cuidábamos.
Si Zapatero es finalmente declarado culpable de los delitos por los que se le ha imputado será un drama tardío para muchos que aún a día de hoy se abren el pecho y serían capaces de tragarse su propio corazón con tal de defender la reputación de un tipo que definitivamente, ahora sí, no tiene nada más que decir ni aportar.
Las hienas ya se ríen mientras se afilan los colmillos para meter la cabeza en el cadáver aún caliente de la izquierda. Vienen tiempos terribles. Y la culpa es nuestra.
Fernando Prado.
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