
El fandom de Meloni me resulta curioso. Hay quienes alaban sus políticas, su firmeza ante las amenazas exteriores, su postura ante la inmigración -la invasión, el gran reemplazo-; hay quienes olvidan de dónde viene y le perdonan pertenecer a las grandes ligas del fascismo mundial; hay incluso quienes la admiran por su clase y su elegancia y la han convertido en el modelo de la mujer moderna a seguir. Y es que en el grupo cada vez más numeroso de fascistas y crápulas mundiales hay de todo: personajes carismáticos, burgueses desacomplejados, millonarios sin escrúpulos, tipejos ridículos y malvados de película.
Para los políticos como Meloni, la inmigración es una amenaza a la seguridad y a la economía. Aquí hay, entre otras muchísimas cosas -agenda política, demagogia, ignorancia, superioridad moral, racismo, clasismo, etc.-, una preocupante falta de memoria y un evidente intento de reescribir la historia a conveniencia. Millones de italianos llegaron a Estados Unidos en los siglos XIX y XX; miles y miles emigraron a países como Argentina o Venezuela durante el siglo pasado huyendo de las guerras y de la miseria. Una vez, un gallego desmemoriado y egocentrista, migrante también, me dijo que “la diferencia entre ellos -marroquís, africanos, latinoamericanos- y nosotros, es que nosotros íbamos a trabajar”. Esta es un percepción completamente distorsionada de la realidad, y la grieta por la que se cuelan los discursos de odio que acaban en votos a los partidos de ultraderecha.
Perdemos la cabeza, la memoria, la dignidad, el respeto, la empatía en aras del progreso (primero nosotros, después, nosotros) y la (sensación de) seguridad. La buscaremos cuando tengamos que hacer la maleta y volver a emigrar.
Fernando Prado.
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