Alboroto en Guayabal

Guayabal

Hay libros que nos aburren o nos entristecen, otros que nos dejan desolados o nos hacen reír, otros que dejamos a medias o que volvemos a leer. Pero hay algunos que leemos con una sonrisa tonta en nuestros rostros, embelesados, cautivados, atrapados para siempre en ese mundo de palabras que forman una historia increíble, llena de personajes tan fantásticos que parecen reales; libros creados por una imaginación portentosa capaz de hacer desaparecer todo lo que hay a nuestro alrededor mientras leemos, disfrutamos, aprendemos, reflexionamos, crecemos. No sé si a ustedes les ha pasado, pero a veces, cuando cierro un libro de esas características para volver a la rutina o porque tengo que salir a comprar el pan, me siento confuso, desorientado, sin saber por un momento cuál de los dos mundos es el real. Para ser sinceros, en ocasiones sería mejor quedarse a vivir dentro de un libro.

Alboroto en el Guayabal, de Kiran Desai, es uno de esos libros. La historia empieza contándonos las calamidades que sufren los habitantes de Shahkot, un pueblo indio, durante el verano más cálido que se recuerda. Enseguida conocemos a Kulfi, embarazada y con un apetito voraz; una mujer que en medio de la desesperación se pone a pintar las sucias paredes de su casa, llenándolas de peces, frutas que no conocía, especias aún por descubrir. Comida, comida y más comida. Un día cualquiera el delirio estalla con la esperadísima llegada del monzón. Ese mismo día Kulfi da a luz un niño con una marca marrón en la mejilla al que llaman “Sampath, El Afortunado”.

Sampath se convierte en un joven delgado, incapaz de vivir al ritmo de la sociedad, dubitativo, que no logra entender el mundo. Trabaja en una oficina de correos y allí, para matar el tedio, lee cartas. Un día, harto de la rutina, sale de la oficina de correos y se sube a un autobús; a las afueras del pueblo ve un guayabal abandonado, se apea del autobús y se adentra en él. Allí encuentra un viejo guayabo al que trepa y del que decide no bajar jamás.

La familia de Sampath, angustiada, comienza a buscarlo y cuando finalmente lo encuentran intentan convencerlo para que baje del árbol y vuelva a su vida, a su trabajo, al mundo, pero él se niega. Con el paso del tiempo acaba convirtiéndose sin quererlo en un Baba al que la gente acude en busca de orientación y consejo. Así, entre personajes variopintos, sucesos increíbles y hasta una manada de monos alcohólicos llegamos al final del libro, maravillados y sin haber perdido la sonrisa. Y entonces nos formulamos la pregunta que venía acechándonos desde el momento en que Sampath se subió al viejo guayabo: ¿y si lo dejamos todo y nos buscamos un árbol al que trepar?

Fernando Prado.

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