Lisboa

LISBOA

Lisboa es una ciudad que se asoma al Atlántico con timidez, famosa por su luz. Tal vez sea cierto que su luz es especial, muy diferente a la luz turbia del Mediterráneo. Puede que para el turista sea una ciudad sucia, descuidada, con muchos edificios en ruinas, esquinas que huelen a deshechos humanos, buscavidas que venden gafas de sol y hachís, mendigos. No sé si el visitante repara en todas esas cosas, si se detiene unos segundos a reflexionar en lo cruel que puede llegar a ser esa ciudad -tanto como cualquier otra-.

Después de pasar varios días recorriendo sus calles debo decir que lo que más me gustó de Lisboa no fueron las callejuelas de Alfama atiborradas de turistas que buscan dónde escuchar fado, ni la monumental Praça do Comerço, ni la Sé (o Catedral), ni los barrios más acomodados de Chiado o Barrio Alto, ni la Torre de Belém, ni las vistas desde el Castelo de Sao Jorge, ni sus puentes, ni siquiera su luz; lo que más me gustó de Lisboa fueron los lisboetas. Gentes cercanas, abiertas, amables, alegres, cariñosas, románticas y puede que un poco nostálgicas. Ahí están la identidad, el encanto y la luz de Lisboa, una identidad que, si los lisboetas no se esfuerzan lo suficiente, pueden acabar perdiendo.

Fernando Prado.

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