Morir cada día

TRAMPOLÍN2

Es difícil hablar sobre esos misteriosos “procesos creativos” en primera persona sin resultar pedante, sin sonar sospechoso, sin parecer -vamos a decirlo sin rodeos- un flipado. Nunca he entendido muy bien qué es lo que hace que una persona cualquiera sea de pronto considerada un artista, tal vez sea porque el concepto de arte se ha estirado como el chicle en una sociedad en la que, gracias a la tecnología y las redes sociales, todos somos músicos, fotógrafos, pintores. Artistas. Así, hay “artistas” millonarios y artistas que malviven en el anonimato. Yo no soy el más indicado para definir qué es ser un artista y mucho menos qué es arte; existe un infinito mar de sensibilidades entre una obra y quien la contempla o escucha y, en el caso de la música -esa especie de obsesivo tormento con el que convivo sin remedio- podría decir que si una pieza, una melodía o un motivo consigue captar por completo nuestra atención y removernos el estómago o arrancarnos una lágrima, entonces quizás eso sea arte.

Crear es un impulso, lo más parecido a cualquiera de los instintos más básicos. Para mi sería imposible vivir sin ese impulso, creo que el día que lo pierda habré muerto; pero al mismo tiempo tengo que reconocer que en innumerables ocasiones he deseado carecer de él, no tener esa sensibilidad o capacidad o lo que sea. Tal vez la vida habría sido más sencilla.

Las ideas me pueden asaltar en cualquier momento y lugar, lo cual es un verdadero problema. A veces identifico esa necesidad de crear que sale de mis entrañas como un monstruo con un apetito voraz. Y es que resulta imposible controlar ese impulso. Aparece sin más, sin previo aviso, lo cual genera una angustia difícil de soportar. Siempre hay música en mi cabeza, hasta en mis sueños y todos sabemos que a menudo nos olvidamos de lo que soñamos inmediatamente después de despertar; en mi caso, eso supone perder alguna que otra buena idea. No importa si estoy en el trabajo, en la montaña, conduciendo o haciendo la compra; las ideas pueden hacer acto de presencia de repente. Eso me ha llevado a obsesionarme por intentar tener en todo momento algo con qué capturarlas. Tengo varios programas de música en mi portátil y mi tableta -también, como precaución, en mi antiguo portátil y mi vieja tableta-; hace años, había días en los que me subía al coche con una de esas pequeñas grabadoras de cintas que solían utilizar los periodistas en la era analógica. Pero siempre se pierden ideas porque me es imposible capturarlas a todas, y eso genera frustración. Es una extraña sensación en la que se mezclan la rabia y la impotencia. Y créanme, cuando una idea pasa de largo no vuelve jamás. Es un pequeño drama.

Con el paso de los años y debido a que no tengo todo el tiempo que quisiera para componer -o dibujar- no me ha quedado más remedio que intentar ser menos rígido. Generalmente me siento delante del ordenador o del papel pentagramado, guitarra en mano y simplemente improviso; minutos después mis dedos dibujan en el mástil un acorde o un pequeño motivo que pueden servir de tema para una pieza. Entonces comienza el trabajo pesado. Hay composiciones para las que he necesitado tan solo unas pocas horas y otras -muchas, muchísimas- que sin embargo no he podido terminar y que están almacenadas en un disco duro -bueno, están almacenadas por duplicado o triplicado en discos duros y pen drives-. Porque eso que llaman bloqueo existe. Aunque me siente a trabajar durante horas y horas e intente por todos los medios posibles superar el bloqueo, ocurre bastante a menudo que parece imposible hacerlo, hasta que un día encuentras la llave necesaria para abrir esa puerta y continuar adelante.

Debo decir que no soy nada riguroso ni metódico, todo lo contrario. Pongo más empeño en guardar las partituras, los borradores y los archivos que en seguir unas pautas específicas para componer. Es decir, no soy de los que piensa en que debería escribir un cuarteto y me pongo manos a la obra; ni siquiera tenga idea de qué estaré componiendo mañana o dentro de una semana. Pero me horroriza la posibilidad de perderlo todo; no sé, un virus puede hacer que se pierdan todos los archivos de mi portátil, puede haber una explosión provocada por una fuga de gas o puede caer un meteorito o un trozo de basura espacial sobre el edificio en el que vivo. Ya sé que es improbable, pero no imposible.

En cuanto a la dichosa inspiración coincido con los que dicen que hay que buscarla, que la clave está en el trabajo constante. Aunque bueno, también puede surgir del ruido del tráfico, de un objeto que cae al suelo, del ulular del viento, del sonido de las gotas de lluvia, de un coche tocando la bocina o del ritmo de una frase pronunciada por alguien. Todo puede convertirse en música. Hay imágenes que me sugieren sonidos, recuerdos que me evocan un acorde, sentimientos que me susurran una melodía. Y así, poco a poco, he ido construyendo un pequeño universo sonoro en constante evolución. Lo bueno de crecer o de madurar es que deja de importarte la opinión que pueda tener la gente sobre tu obra, dejas atrás todas las inseguridades y todos los complejos y te conviertes en una persona más libre.

Crear, sobre todo en el caso de la música, tal vez sea algo similar a la imagen que encabeza este texto. Un día decides acercarte a la escalera, subir todos y cada uno de sus peldaños solo para llegar al final y quedarte de pie sobre una delgada tabla contemplando un paisaje desconocido e intentando descifrar los sonidos que llegan a tus oídos; el viento sopla y hace que la tabla se tambalee y tú intentas mantener el equilibrio sin mirar hacia abajo. Pero llegado el momento -y sabes cuándo llega- no tienes otra opción que cerrar los ojos y lanzarte al vacío. Y todo para volver a empezar.

Vivir, sentir y morir cada día.

Fernando Prado.

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