Filípides

Una de las mayores empresas de material deportivo se propuso hacer posible que la prueba mítica del atletismo, el maratón, se corriera en tan solo dos horas -o menos-. Bautizó este ambicioso proyecto con el nombre de Breaking 2. Seleccionó a tres atletas de élite para llevar a cabo la proeza. El keniano Eliud Kipchoge corrió la distancia de 42.195 metros en dos horas y veinticinco segundos, no pudo conseguir batir la cifra de los 120 minutos, pero se convirtió en el corredor de maratones más rápido de la historia. Por supuesto, la marca no será homologada por las circunstancias que la rodearon. Así que el récord mundial sigue estando en las piernas de Dennis Kimetto, quien completó la maratón de Berlín de 2014 en dos horas, dos minutos y cincuenta y siete segundos.

La famosa marca deportiva invirtió millones en el proyecto y en diseñar unas zapatillas revolucionarias que hicieran volar a los corredores. Puede parecer que ha sido un proyecto fallido y dinero perdido, pero detrás de todo esto hay una enorme campaña de marketing. Se habla mucho de dónde están los límites y de dopaje tecnológico. Las marcas confeccionan prendas realizadas con tejidos capaces de mantener las condiciones óptimas de humedad y temperatura del cuerpo de los atletas, fabrican zapatillas que se diseñan utilizando las tecnologías más novedosas y que apenas pesan 200 gramos. La tecnología también está al servicio de la medicina y a través de estudios biomecánicos y un sinfín de pruebas médicas podemos desarrollar una técnica de carrera perfecta y saber con exactitud cómo debemos entrenar, qué debemos comer, cuántas horas debemos descansar, etc. Todo esto se traduce en mejores marcas, en deportistas más rápidos y en retos cada vez mayores.

Kipchoge corrió el maratón más rápida de la historia con ayuda. Pero no debemos olvidarnos que es un atleta de élite. Algunos periodistas no tardaron en tirar por tierra todos los esfuerzos por romper la barrera de las dos horas; parecen olvidarse que, a pesar de todas las ayudas, nadie puede correr 42 kilómetros y pico si no posee unas capacidades físicas y psicológicas excepcionales. No solo hay que recorrer la distancia exacta, el atleta también tiene que lidiar con el dolor, con la meteorología, con las señales que recibe del cerebro constantemente para detenerse, y quizás lo peor de todo, debe hacerlo en la más absoluta soledad.

Lo que realmente me molesta es escuchar comentarios como “el negro no pudo bajar de las dos horas”, “cómo corren los negros”, “claro, están acostumbrados a correr detrás de las gacelas”, y así, un largo etcétera. Parece que cualquier logro deportivo es menos relevante si quien lo consigue es negro. De lo que no hay ningún tipo de duda es de la supremacía física de los negros en deportes como el atletismo -por poner un ejemplo-. Ellas y ellos hacen que las grandes marcas de material deportivo se embolsen mucho dinero. Eso es lo que importa.

No habrá sido Eliud Kipchoge, el atleta keniano, quien corrió un maratón en dos horas y veinticinco segundos. Habrá sido Nike. El hombre negro corrió, el hombre blanco lo hizo posible.

Cuando Filípides llegó a Atenas corriendo para anunciar la victoria sobre las tropas persas, exclamó “Nenikékamen” -hemos vencido- y murió inmediatamente después.

Fernando Prado.

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