El agua hasta el cuello

Flotar mientras sea posible; mantenernos en la superficie con la nariz y la boca fuera del agua para respirar, una respiración agitada que nos acerca al pánico y a la pérdida de control. Mover los miembros nerviosos sin coordinación con el único fin de evitar que nuestro cuerpo pesado se hunda y acabe en el fondo. ¿No estamos ya en el fondo? No. El fondo no se ve, todo es oscuridad allá abajo, una oscuridad espesa, material, una boca abierta sin dientes que nos tragará inevitablemente. Entonces ¿para qué luchar? ¿qué sentido tiene tanta agitación? Miedo. Miedo a los monstruos que habitan en la profundidad, miedo al monstruo que habita en nosotros y al que ahora podemos finalmente mirar a los ojos. Enfrentarnos a los miedos primitivos sin posibilidad de escapar. ¿Y si nos abandonamos sin más? La agonía sería más breve, el final más dulce. Aceptarnos quizás sea condenarnos a la indulgencia, el principio de la justificación. La exculpación. No queremos eso. Por alguna extraña razón nos aferramos a la vida; a pesar de todo vale la pena, pensamos apresuradamente, es lo más valioso que tenemos porque ya no tenemos nada más. Ese descubrimiento nos provoca una sacudida aterradora. Es el vacío. Los cuerpos celestes que flotan allá arriba son materia y gases y ahora, con el agua hasta el cuello, los miramos por primera vez como algo más que un decorado nocturno. La noche ahora es otra cosa, está dentro de nosotros. Nos lo hemos tragado todo. Sin embargo, hay cierta placidez en este momento; el hundimiento es evidente, pero nunca antes habíamos visto a las estrellas brillar así. Incluso el mayor de los horrores puede tener un fulgor inesperado. La belleza, una belleza tan simple como la que contemplamos parecía inalcanzable, pero ahí está. ¿Ha tenido que llegar este momento para que se nos revelara? La ceguera, ha sido eso, hemos estado ciegos toda la vida. Hace frío y los músculos comienzan a entumecerse. El tiempo ha cambiado, ya no sirve de nada medirlo en horas, minutos y segundos; sencillamente se ha esfumado. El alba nunca llegará, el sol no volverá a calentarnos la piel. No pudimos imaginarnos jamás una soledad más atroz que ésta, aquí en medio de la nada, abandonados por la indiferencia de los que viven en la otra orilla. Parecía cerca esa orilla, casi se podía tocar. Ha sido un largo viaje. Nunca quisimos asumir el riesgo porque si lo hubiéramos hecho no habríamos partido; nos hubiéramos quedado allí donde estábamos, en el polvo, rodeados de ruina, mordidos continuamente por el hambre, pero eso no era vida. Así que buscando vivir acabamos encontrando la muerte. Ya está aquí. ¿La oléis? No nos resistamos más, acabemos de una vez. Cerremos los ojos. Podemos hacerlo. Eso es. Solo es necesario relajarse, tomar una última bocanada de aire y dejarse ir. Ya no importa nada más que hundirse lentamente, abandonarse. Debe ser lo más parecido a volar. Un sueño hermoso.

Fernando Prado.

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