Pasta de dientes

Empecemos por los muertos. Los que se fueron casi sin darnos cuenta y que al principio eran solo una cifra que crecía rápidamente mientras nos sentábamos delante de la tele a ver lo que parecía ser el noticiario de una película sobre el principio del fin de la civilización. Esos muertos -después supimos que eran miles de historias interrumpidas súbitamente- fueron la vanguardia, los que vivieron para enseñarnos qué era la guerra, el hambre, la precariedad, la migración, el exilio, y nos regalaron, por enésima vez, una lección que no queremos aprender. Y todos los demás que sucumbieron a la perversa democracia de la muerte que no tiene en cuenta edad, ni sexo –lo de la condición social ya es otra cosa-.

Sigamos por los sanitarios. Sí, todas esas personas que trabajan en los hospitales y centros de salud, que siempre han estado ahí -muchas veces en la sombra- para cuidarnos y sanarnos, escuchándonos y siendo en ocasiones los depositarios involuntarios de nuestras quejas sobre el sistema de salud pública. Ellas y ellos, que han trabajado y trabajan hasta la extenuación, a veces sin los medios suficientes o con contratos precarios y condenados a la inestabilidad laboral, siguen ahí demostrándonos que son imprescindibles y defendiendo la tan criticada sanidad universal. Expuestos y desvalidos.

Ahora los trabajadores de los servicios básicos. La gente que limpia la mierda que dejamos por todas partes, que recoge nuestros deshechos; la gente que trabaja en los centros de abastecimiento desde los que se distribuyen los alimentos con los que llenamos el carro del supermercado. Los temporeros y agricultores explotados, mal pagados, que trabajan en condiciones de semiesclavitud. No sé si aún nos damos cuenta de todas las personas que están detrás de muchos de nuestros gestos más cotidianos, como encender la luz al llegar a casa o abrir una botella de agua.

Y los hosteleros. Eso de que España es solo turismo y de que es el país con más bares por habitante ha dejado de ser anecdótico, porque si el bar de la esquina cierra nos vamos al carajo como sociedad. Nunca me hubiera imaginado que una tarde de agosto caminaría por unas Ramblas completamente desiertas preguntándome dónde están los turistas, las estatuas vivientes, los dibujantes de retratos, los vendedores de hachís.

De la cultura ni se habla porque ya no existe. Al fin nos la hemos cargado. Los artistas son aquellas personas que se dedican a pasar el rato desarrollando sus aficiones; los pintamonas, los musiquitos, los payasos. ¿Se acuerdan cuando todo se nos vino encima y esos vagos nos ofrecían chorradas gratis para entretenernos?

Descubrimos que el teletrabajo no es un invento de los países más desarrollados, que el Estado es algo más que un monstruo que se devora a sí mismo -incluso los más liberales han tenido que reconocer que ha resultado ser fundamental-; se nos reveló definitivamente que el pensamiento colectivo –algo que predicaban los flipados- no es una idiotez, que el dinero no es un problema, que podemos morir en cualquier momento al igual que el vecino de arriba.

Para muchos, este año que termina ha sido, quizás, el más extraño de nuestras vidas. La pandemia ha generado situaciones que ninguno de nosotros había tan siquiera imaginado. El 2020 ha sido extraño, duro, inacabable, y el futuro – ¿alguien sabe qué es? -dicen que se presenta incierto, lo cual probablemente quiere decir que navegamos a la deriva en medio del temporal.

Después de comer y beber como cerdos, de atragantarnos con las uvas, de brindar sin saber muy bien cuáles son los motivos para tanto alboroto, entraremos en el baño tambaleándonos. Allí, nos situaremos delante del espejo y este nos devolverá la imagen de una figura que se cepilla los dientes; su parecido con lo que una vez fuimos nos estremecerá, pero será aún peor comprobar que nos habremos convertido en un recuerdo. Mañana estaremos muertos, dicen; sin embargo, y a pesar de las ganas que tendremos de apretar el tubo del dentífrico y restregar su contenido por los azulejos mientras gritamos en un ataque de locura o de ira o de lo que sea –ese acto en sí mismo podría ser una performance o una pieza de danza contemporánea ¿Se acuerdan de aquello que llamábamos arte? -, nos seguiremos negando a aceptar que el 2020 ha sido el año de la escisión.

En cualquier caso, ¡salud!

Fernando Prado.

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