Bosé, el ruido y las benzodiacepinas

Hace unos días se emitió una entrevista a Miguel Bosé en horario de máxima audiencia. He visto algunos fragmentos, seguramente los más polémicos, en los que deja clara su postura respecto a la pandemia -”Hay un plan urdido que no se quiere que se sepa. No es pensar que estoy en posesión de la verdad, es la verdad. Soy negacionista, es una postura que llevo con la cabeza bien alta”-, o habla sobre sus años salvajes de sexo y drogas.

En cuanto a lo de las drogas y el sexo -y todo aquello que pueda ser considerado como vicio y genere titulares-, parece que mola decir que has desfasado a lo bestia; al fin y al cabo, es lo que se espera de todo artista -ya sabemos que las drogas son un vehículo para acceder a la inspiración, para viajar a lo más profundo de nuestro ser y encontrarnos con las criaturas que habitan los lugares más recónditos de nuestro espíritu-. Cada uno tiene sus métodos creativos, sus excentricidades y adicciones, y eso vende, no es nada nuevo. Airearlas forma parte del marketing, del show business, del ego. El ego del artista, ese accesorio.

Celebro que Bosé sea negacionista, no porque yo también lo sea y esté de acuerdo con su verdad, sino porque toda persona es libre -o debería serlo- de pensar, reflexionar y concluir sobre lo que sea, y por supuesto, de expresarlo sin ningún tipo de censura o autocensura. Francamente, es una persona que ni me va ni me viene; considero que es un artista mediocre, y su vida privada no me interesa en lo más mínimo. Pero es un personaje mediático capaz de hacer mucho ruido.

La pandemia, las vacunas, la política, la crisis económica, la incertidumbre respecto al futuro más inmediato, el estancamiento, las pérdidas -todas ellas-, la primavera lluviosa, el verano que no llega. El ruido comienza a ser ensordecedor -para algunos más que para otros, por supuesto-.

Arrancarse la cabeza para no escuchar, no ver, no oler, no hablar, no pensar puede que no sea lo más apropiado. ¿Y si en lugar de generar más ruido intentamos reducirlo? España es el primer país del mundo en consumo de benzodiacepinas -medicamentos utilizados para el tratamiento de casos leves de ansiedad, insomnio o trastornos emocionales-. Solo es un dato.

Fernando Prado.

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