Más allá del espejo

Y entonces nos quitamos las mascarillas. Con condiciones, nos dicen; así que lo primero que hacemos es llenar plazas y terrazas y parques, y lanzamos las mascarillas al aire en un gesto simbólico para celebrar que hemos recuperado un poco de libertad, eso sí, todos muy juntos, pues el roce hace el cariño y llevamos más de un año de carencias.

Puede que yo sea un negativista, que no un negacionista, pero somos estúpidos por naturaleza, la historia lo demuestra constantemente; nos quitamos la mascarilla y el número de casos aumenta de manera significativa, lo cual quiere decir que tenemos un problema, en primer lugar, con nuestro grado de civismo, respeto y compromiso y, en segundo lugar, con la aceptación de la responsabilidad que deberíamos asumir como individuos miembros de una sociedad.

Ahí tenemos el ejemplo del montón de jóvenes retenidos en un hotel en contra de su voluntad, haciendo cuarentena, un drama, una tragedia mayúscula e inconcebible en un supuesto estado de derecho. Democracia sin ley, y ley sin democracia, en esas estamos. Lo que quiero decir es que como no rasquemos bien el fondo de los bolsillos a ver si nos queda un poco de sentido común -algo muy relativo ya que cada uno tiene el suyo- dentro de cuatro días estaremos con media cara cubierta caminando nuevamente sobre el fango de esta distopia que parece no tener fin, víctimas de una conspiración al gusto de cada cual.

Me alegra que ya no tengamos que llevar mascarilla en el exterior. Al fin podemos ver los rostros completos de las personas con quienes nos cruzamos en la calle. Hemos conocido personas a las que por primera vez estamos viendo sin mascarilla y es sorprendente lo diferentes que pueden llegar a ser de la imagen que habíamos construido -o recreado- en nuestro cerebro, en ocasiones la sorpresa es grata, en otras, no tanto, pero el hecho de poder vernos tal como somos es motivo de alegría. Así como el tono es lo que define el carácter de una conversación, su gravedad o ligereza, su trascendencia o banalidad, la expresión del rostro nos delata para bien o para mal. Llevamos trece meses teniendo que adivinar si la persona que está detrás de la mascarilla sonríe o le molesta el sol, se muerde los labios o reprime un bostezo.

Disfrutemos de esta pizca de libertad que hemos recuperado y de la vuelta de la expresión facial; contemplemos nuevamente labios enjutos o carnosos, dientes alineados o desordenados, lenguas ensalivadas o secas y blanquecinas, narices de todas las formas, sonrisas níveas o manchadas de sarro, volvamos a hablar con todo el rostro más allá del espejo.

Fernando Prado.

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