
Me encontré en las redes con las preguntas que Renzo, hijo de una familia sin recursos que está al borde del desahucio, le hizo al Papa León XIV en la iglesia de Sant Agustí de El Raval. Las preguntas del niño fueron como disparos y Prevost contestó como lo suelen hacer los papas: hablando sin decir nada.
Siempre me he imaginado a los Papas desnudos en la intimidad de sus aposentos, ataviados tan sólo con los complementos -la mitra, el báculo, cada uno con sus fetiches- que simbolizan su poder como máximos representantes de una institución claustrofóbica, sentados orgullosos sobre el mundo como si lo estuvieran incubando, esperando pacientemente durante la eternidad que les garantiza la sucesión por los siglos de los siglos, porque sus vidas parecen consistir exclusivamente en esperar a que no se disipen jamás las tinieblas, pues mientras haya oscuridad habrá quienes necesiten ser guiados hacia la luz, hacia la idea de una salvación que a mi, personalmente, me resulta risible, y en inocular la fe en un dios vampírico, despiadado y tiránico; todos ellos dedicados a la contemplación del vacío.
Fernando Prado.
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