Deslastrar

Este es un país de ruido. Uno puede conocer los hábitos del vecino inventariando sus ruidos: si llega o se va en función de cómo tira la puerta, si sube o baja las escaleras, a qué hora defeca, come o fornica, qué tipo de programas ve en la tele, incluso es posible hacerse una idea de cómo piensa y siente si se le escucha hablar por teléfono. Se habla alto y se grita en la calle, en el metro, en el supermercado, en la playa, en la montaña. Nuestra sociedad está tan acostumbrada al ruido que hay individuos a quienes les molesta el silencio.

Esta saturación, sumada a una realidad compleja que emite su propio ruido ensordecedor, acaba pesando, y mucho. En momentos así, es necesario deslastrar y, si es posible, flotar a merced del viento.

Fernando Prado.

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