Del Chapo y otros fantasmas

Del Chapo y otros fantasmas-internet

Hasta hace unos días hablar del Chapo era como trazar en el aire la silueta de alguien invisible, ubicuo. Daba emoción nomás de tocar el tema, pues era como narrar historias de fantasmas y de casas encantadas. ¿Cuándo se ha visto que alguien observe algún rigor histórico o biográfico a la hora de contar cómo un taxista accedió a llevar a una mujer del panteón a la iglesia en la media noche, sin darse cuenta que era un espanto? Esa historia la he escuchado ocurrir con tantas mínimas variaciones, en distintos pueblos y a tantas personas, que de ser cierta la mitad de las veces habría que dar por buenas tres o cuatro hipótesis contradictorias sobre la vida, la gracia y desgracia del Chapo Guzmán y el narcotráfico en México.

El problema es que ese ejercicio anecdótico es tan bueno para los ratings, que ya escuchamos los noticieros como novelas por entregas y decidimos qué es cierto a partir de lo que nos parece justo o creíble, así no sepamos leer. Los audientes nos sentimos extravagantemente brillantes como el doctor House, y como sabemos que «todo mundo miente» obviamos las verdades jurídicas como si éstas fueran las asesinas de las musas que inspiran el imaginario colectivo del folclor mexicano, como si detrás de cada especialista forense hubiera un ateo que nos fuera a arrebatar nuestras creencias, absurdas pero nuestras. Y entonces todos emprendemos el imaginativo viaje de la especulación, a dudar de nuevo, a jugar al listo:

· El Chapo se escapó de la cárcel en un bulto de ropa sucia; no, salió a pie disfrazado de policía federal.

· Al Chapo lo agarraron los de la Marina; no, fueron los gringos; tampoco, a ese que tienen ahí es un doble al que le pusieron una trampa.

· Pues habrán agarrado al Chapo, pero era un gerentucho de la gran narcoindustria transnacional; no, él era el Steve Jobs de las drogas.

Qué nos importaría si el Chapo llegó a mostrarle a la gente de Forbes un estado de cuenta con mil millones de dólares, si las autoridades le dieran la debida importancia al proceso judicial, si tan sólo armaran casos sólidos jurídica y no mediáticamente. No tendríamos que enterarnos que el ánima habría citado al taxista al día siguiente en un domicilio para pagarle el servicio; que éste le habría tomado la palabra y al ser invitado a pasar a la casa hallaría en el vestíbulo un retrato enorme de la mujer, ésa a quien había llevado la noche anterior. —Eso sería posible, caballero, hace treinta años, cuando mi hija vivía. Pero dígame cuánto es, déjeme pagarle el viaje.

Artículo: Ramsés Figueroa.

Ilustración: Augusto Metztli.

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