Valentín, Rita y Rosa

Rosa amarilla

Nunca me emocionaron las rosas, y menos las rojas, será por haberlas pintado tantas veces de pequeña. Aunque si tuviera que elegir, me quedaría con las que nacen tranquilamente en la huerta de mi abuela. Prefiero las margaritas del maio, las mimosas del invierno, o las gerberas de aquellos viernes.

El otro día fue san Valentín, seguro que muchxs regalaron y recibieron unas súper rosas, tan grandes como artificiales, tan rojas como caras, y con un fuerte aroma ficticio, envueltas en esclavitud, sudor y sangre, pues algunas cuestan más que el jornal diario de quien las cultiva y recolecta.

Como ya no podemos ser como santa Rita (y menos mal), por haber sido “la afortunada” de hacer brotar una rosa en tiempo de heladas, lo más probable es que esas rosas regalables provenían de Kenia, un país más ajeno que lejano, que muchos no saben deletrear ni ubicar en el mapa. No me gusta conocer estas desgracias, tanto de esclavitud laboral y social, como de contaminación absoluta. No podemos ser cómplices de que un país se muera de hambre por dedicar su tierra y su agua a sembrar flores para los europeos.

Piénsalo bien cuando vuelvas a la floristería, sé original, y elige mejor.

 Marthazul.

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