Cóctel

CÓCTEL

Todos somos en cierta manera responsables de la matanza de París, de la de Beirut o de la de Turquía. Somos nosotros los que elegimos a los gobernantes que luego aplican políticas internacionales nefastas, los mismos gobernantes que benefician a las grandes multinacionales que convierten cada guerra en un lucrativo negocio y que firman contratos con la industria armamentística. Habrá muchos que no estarán de acuerdo y me dirán que no se sienten responsables de la barbarie. Al fin y al cabo, ésta es solo mi opinión.

Dejemos ya de ser hipócritas. Todos pagamos impuestos de una manera u otra, así que todos ayudamos a financiar las guerras que nuestros países occidentales se inventan al otro lado del mundo. Todo es dinero. Nos llenamos la boca hablando de lo maravillosa que es la globalización, de lo mucho que hemos avanzado como sociedad, pero en esta globalización también debemos asumir el riesgo de salir a la calle a comprar el pan y acabar esparcidos en trozos por el suelo. Y todo porque siempre miramos hacia otro lado; porque nos equivocamos eligiendo a nuestros gobernantes; porque nos da igual que en  algún lugar del mundo se estén matando a diario mientras leemos la prensa en nuestra tableta de última generación y nos tomamos un café de Etiopía; porque no nos importa que miles de personas arriesguen sus vidas echándose al mar huyendo de la guerra y la miseria para llegar a Europa y simplemente tener una vida digna. Somos irresponsables y egoístas. Hasta que no vimos la foto de Aylan Kurdi ahogado en aquella playa no reaccionamos, pero ¿quién habla hoy de Aylan y de lo que en realidad representa?

Nos sentimos heridos como modelo de sociedad cada vez que un terrorista hace saltar todo por los aires. Cada ataque es una buena razón para hacernos más intolerantes, para acusar y meter a todos en el mismo saco, para que crezcan el odio y la xenofobia, para que el discurso de nuestros gobernantes se vuelva más beligerante, para levantar más muros. Y esto no hace más que incrementar el número de personas dispuestos a inmolarse en cualquiera de nuestras plazas. No aprendemos de la historia. No nos preguntamos qué es lo que hemos hecho -y estamos haciendo- mal. Ciegos y tontos. Nos apresuramos a poner la bandera francesa en nuestra foto de perfil; llenamos aceras de flores y dedicatorias a las víctimas porque así -me imagino- nos sentimos parte del drama, tal vez eso nos ayude a dormir por las noches. ¿Y las otras víctimas? No quiero que se me malinterprete, yo también condeno los actos terroristas, pero ¿qué hay de los cientos de miles de personas que viven en el limbo de los campos de refugiados? ¿qué hacemos con toda la gente que está intentando atravesar Europa y que lleva meses, incluso años, escapando del terror? ¿qué pasa con los muertos que se amontonan en Siria o en cualquier país vecino? Da la impresión de que ellos no cuentan, de que no importan.

Volviendo a la globalización, lo que pasa en el otro extremo del mundo puede acabar afectando nuestras vidas más de lo que creemos.

Un cóctel es una bebida compuesta de una mezcla de licores a la que se añaden por lo común otros ingredientes (RAE). La vida en este mundo es compleja. Cuanto más nos esforcemos en comprenderla más asegurado tendremos el futuro como especie.

Invirtamos tiempo en pensar.

Fernando Prado.

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