Luvina, el lugar donde anida la tristeza

Era sábado, mi colega Luis y yo habíamos estado un buen rato en el tianguis cultural (estaba en los jardines del Exconvento del Carmen), así que decidimos irnos y deambular por el centro, y se acordó de que cerca había un café cultural, hasta entonces yo no conocía ninguno. Supongo que teníamos 14 ó 15 años, como mucho. El lugar en cuestión se llamaba “Luvina” o “Las ánimas de Luvina”, no lo recuerdo. Para acceder había que entrar por un pequeña puerta que conducía a un pasillo estrecho, al final se abría la sala con las mesas, y tenían una exposición de esculturas de pequeño formato. En la esquina, podías ver una estantería de metal con un montonazo de libros para comprar, intercambiar o leerlos ahí mismo, pero lo que se me reveló en toda su grandeza, era un muro perimetral, alto y ancho con un bello mural, aún me conmuevo al recordarlo, era una montaña en tonos ocres, y alrededor escritas las primeras líneas de Luvina, el cuento de Rulfo.

Yo no sabía de la belleza de la obra de Rulfo, ni todo lo que podía inspirar, y en ese momento mi curiosidad sobre él despertó. Desde entonces he leído y releído sus cuentos, los disfruto mucho. En mayo de este año 2017 se cumplirá su centenario. El trabajo de Rulfo es precioso y preciso, breve y contundente, real y mágico, universal y local.

Así empieza Luvina:

De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran Cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se han encargado de desmenuzarla, de modo que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer; aunque esto es un puro decir, porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes que llegue a caer sobre la tierra… Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo hubieran encañonado en tubos de carrizo…

Aquel café cultural llamado “Luvina” o “Las animas de Luvina” cerró. Sus dueños eran licenciados en letras (filología hispánica). Inspirados en Luvina abrieron uno de los primeros lugares mágicos que conocí. Real y mágico como la obra de Rulfo.

Augusto Metztli.

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