Silencio gestual

Después de desayunar una tranquila y lluviosa mañana de domingo te das cuenta de que estás sentado en el sofá con la cabeza girada hacia la ventana. Miras a través del cristal como lo hace el pájaro a través de los barrotes de la jaula y te imaginas volando en un espacio infinito en el que los límites serán solo los que ponga tu voluntad. No te preguntas ni siquiera a dónde irías porque los lugares ya no existen, han desaparecido las fronteras y el sentido de pertenencia es ahora un sinsentido.

Puede que la libertad sea la mayor de las utopías en un mundo de distopías, pero el verbo soñar aún no ha sido puesto en busca y captura -otra cosa son los verbos pronunciar, tuitear o publicar-.

En ocasiones, los discursos pronunciados desde atriles y púlpitos en nombre de la ética, la moral y las buenas costumbres provocan la activación de una especie de estado de alerta que nos prepara para la huida o para el ataque. Las palabras entran por nuestros oídos y son procesadas por nuestro cerebro para finalmente llegar al estómago, donde son digeridas. Pasar de la pasividad a la crispación depende en buena medida de la capacidad de nuestro aparato digestivo de convertir las palabras en sustancias asimilables. A veces resultan indigestas y acaban dando vueltas sin parar en nuestro estómago, pero dicen que el cuerpo humano es una máquina perfecta, será por eso que acabamos vomitando todo lo que no podemos digerir. A eso se le llama indignación.

Las palabras en sí mismas no representan un problema. Es la manera en que las pronunciamos, el contexto y el tono empleado lo que determina cuál es la finalidad o el objetivo de éstas. Pero también hay un movimiento vanguardista que consiste en expresar con el cuerpo todo lo que diríamos con palabras a través de gestos, movimientos y sobre todo miradas. Dicen que hay miradas que matan, pero las peores son las que te juzgan y te condenan si tu delito es simplemente diferir del punto de vista común. Es indispensable protegerse de esta metralla invisible antes de que nos hiera de muerte. Y luego están las miradas de clase que sirven para poner de manifiesto el estrato social al que pertenecemos. Esas son las miradas indigestas y en ellas están contenidas buena parte de las desgracias de la historia de la humanidad.

Muchos están atrapados en la abstracción supremacista del asesinato de masas y en el hablar vanguardista del silencio gestual. Yo, de momento, sigo mirando por la ventana.

Fernando Prado.

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