Salir del agujero

Un agujero es, según el diccionario de la RAE, una abertura más o menos redondeada en una cosa.

El primer agujero de la historia fue aquel en el que aquella especie, que finalmente evolucionó hasta lo que sea que somos hoy, se introdujo. Allí se protegió de la lluvia y el frío, de los depredadores y hasta de sí mismo. Descubrió lo que era un hogar mucho tiempo antes de que se despertara nuestra obsesión por ponerle nombre a todas las cosas. El mono se hizo humano cuando se sentó delante de un fuego y surgió entonces la necesidad de expresar lo que más adelante se llamó pensamiento; de ahí viene el efecto hipnótico que aún nos produce ver bailar las llamas en la oscuridad.

Un agujero también puede ser un recipiente, un continente. Así pues, nos inventamos las jaulas, las celdas, las cárceles para encerrarnos, a veces por decisión propia.

Cabría preguntarse si todas aquellas personas que, en un intento desesperado por salir del agujero en el que viven en condiciones horribles, se echan al mar con la esperanza de llegar a una playa del primer mundo en la que conseguir refugio -otro tipo de agujero-, tienen cabida en nuestra sociedad. La respuesta debería ser obvia, de hecho, no deberíamos hacernos semejante pregunta. Parece ser que no es así, al menos para una parte de Europa.

El racista, xenófobo e impresentable Ministro de Interior italiano, Matteo Salvini, acusa a España de favorecer una inmigración fuera de control. Dice Salvini que él se preocupa por la seguridad, por la cultura y por la identidad del pueblo europeo. Yo creo que nada de eso está en peligro y que, por el contrario, la inmigración causa efectos positivos. Los pueblos se construyen con todos y cada uno de los individuos que los conforman; la diversidad de culturas y tradiciones sólo enriquece aquello a lo que Salvini se refiere como identidad.

Crece el racismo en Europa y la sociedad parece ser cada vez más permeable a ese discurso de “primero los nuestros”“cerremos las fronteras” ante la amenaza de la migración.

Deberíamos sentarnos delante de un fuego y simplemente pensar. Pensar en cómo salir de ese oscuro agujero en el que nos estamos metiendo y en el que, de seguir así, acabaremos confinados.

Y una cosa más: deberíamos poner remedio a la amnesia colectiva que sufrimos para poder continuar avanzando como sociedad y evitar que las historias se repitan.

Fernando Prado.

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