María Dolores Pradera, generosa y agradecida

Cuando era niño, en casa de mis abuelxs las tardes eran de sol y música, mi abuelo se sentaba al piano y comenzaba a tocar y cantar. La luz, el calor y los acordes del piano revoloteaban por todo el barrio. Mi abuelo tocaba y mi abuela cantaba, con cada canción había un recuerdo de ellos que se fundía con el autor, la autora, o el intérprete y del año en que comenzó a sonar dicho tema. Saltaban los nombres de Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, María Dolores Pradera, Chavela Vargas o Chabuca Granda.

Yo tenía un revoltijo de tonadas en mi cabeza. Poco a poco fui juntando mis canciones favoritas de aquel repertorio vespertino, y muchas de esas canciones las cantaba María Dolores Pradera. Un día curioseando entre discos y casetes cerca de “La vieja consola (tocadiscos)”, me encontré uno de ella: “15 éxitos de María Dolores Pradera”, ahí estaban muchas de mis favoritas. Me hace gracia que con 9 ó 10 años comenzara a ser fan de alguien, pero fue así. Canciones como: La flor de la canela, Fina estampa, De carne y hueso, Amarraditos… Me encantaban, por eso escuchar el casete completo era una gozada. Las guitarras, la voz de ella y la calidez de la cinta de la casetera eran tan disfrutables. Música perfecta para dibujar, hacer deberes o jugar con mis playmobil.

Más de 20 años después, a 8000 kilómetros de distancia de México, en Galicia, en las fiestas del pueblo de Vilagarcía de Arousa, el cartel anunciaba a “María Dolores Pradera”. Ahí estuvimos, cerca del escenario, y sí, me maravilló, me conmovió y me recordó a mis abuelxs. El concierto duró  más tiempo del que todos y todas nos esperábamos. La gente gritaba “otra, otra…” y ella accedía, así fue encadenando una canción con otra. Nunca he vuelto a ver a una artista con esa generosidad que se percibía auténtica, una señora que por aquel entonces tenía 84 años nos regaló una noche de música y recuerdos, con tantos extras que al final parecieron la suma de dos conciertos.

En momentos puntuales entre canción y canción, se cambiaba de poncho, sarape, o jorongo, seguía algún guión oculto de sonido y color, siempre cantó abrigada por sus ropas latinoamericanas. Al igual que Chavela, ella también es mexicana, “porque los y las mexicanas nacen (nacemos) donde nos da nuestra chingada gana.”

Murió el 28 de mayo de 2018.

Y aún sin estar, sigue siendo generosa. Tenemos tanto por aprender.

Augusto Metztli.

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