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Quédate en casa. Eso sería, sin lugar a dudas, lo más sensato dadas las circunstancias y la situación de alarma debida al coronavirus. Este mensaje es lanzado a diario a través de medios de comunicación y redes sociales hasta la saciedad. Y digo que sería lo más sensato porque para muchas personas quedarse en casa no es una opción.

Ahora parece que estamos descubriendo todo lo que podemos perder si las cosas se tuercen. De repente estamos viviendo en un escenario distópico inimaginable, se ha desatado el apocalipsis y nos ha cogido en paños menores y sin reservas de papel higiénico. La supervivencia no consiste en ser coherentes y responsables, sensatos y respetuosos sino en todo lo contrario, es decir, en pasarnos todo por el forro y mofarnos de la situación, pues una situación como ésta da para mucho, el repertorio es infinito y no hay límites para la estupidez.

Hemos chocado con una siniestra realidad a 150 km/h como quien lo hace contra un muro de hormigón, pero resulta que esa realidad es invisible y a pesar de ello nos puede matar. Coño, qué habremos hecho para merecer esto. Putos chinos. Por su culpa estamos encerrados en casa cocinándonos a fuego lento en una sopa de aburrimiento atroz porque a nadie se le ocurrió enseñarnos a estar solos, a cómo gestionar nuestro tiempo libre cuando es demasiado. Así que nos da por sentarnos delante del televisor a saturarnos de informativos y tertulianos especialistas en el desconcierto, a consumir contenidos de plataformas de entretenimiento, a descargar 40 libros que nunca nos vamos a leer; todo para llenar el vertiginoso vacío que se ha abierto a nuestros pies y para no perder el contacto con la vorágine porque esto será pasajero, pronto habrá pasado y volveremos a nuestra vida, sea la que fuere.

No habíamos imaginado que saldríamos a la calle solos y con mascarilla, que haríamos cola hasta para comprar el pan. Es como estar en guerra, decimos. No nos habíamos imaginado nada de esto porque carecemos de la suficiente imaginación y estamos acostumbrados a no pensar, a no ver, a no escuchar. Cruzamos la acera cuando vemos que alguien se acerca, hablamos con la boca pequeña y evitamos cualquier contacto, no vaya a ser que acabemos contagiados.

Las crisis siempre se ceban con los más débiles, eso es una evidencia. Son ellos los que también ahora están más expuestos porque tienen trabajos precarios, contratos basura, sueldos denigrantes. Deberíamos pensarlo cada vez que compramos cualquier cosa que no necesitamos desde la comodidad del sofá, cuando pedimos algo para cenar, cuando vamos a la frutería o a la gasolinera. Ellos siguen ahí para atender nuestras necesidades, expuestos al contagio durante ocho, nueve o diez horas al día. No se pueden quedar en casa bien por necesidad o bien porque el empresario para el que trabajan ha decidido seguir con su actividad comercial a pesar de todo.  Nos sentimos bien saliendo a los balcones a aplaudir al personal sanitario. Ellos se merecen nuestro aplauso pero no sólo hoy o mañana. Cuando todo esto haya pasado ellos continuarán ahí, atendiéndonos, escuchándonos, sanándonos, salvándonos. Nuestro aplauso que sea eterno.

Lo lógico sería que no nos tuvieran que pedir sensatez y responsabilidad, pero somos una especie que se comporta contradiciendo cualquier lógica natural. Esta situación excepcional debería conducirnos a la reflexión, al análisis, a la búsqueda de un nuevo modelo económico y social, a abolir los dogmas sobre los que nos sustentamos hace ya demasiado tiempo.

Puede que el abismo esté a la vuelta de la esquina; sin embargo, queremos más, necesitamos más. Tenemos un apetito voraz e insaciable. Y por encima de todo un egoísmo a prueba de la racionalidad.

Desnudos en la nada exigiendo más. Más. Más.

Fernando Prado.

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