Monarquía

Dicen que el rey emérito -dicho de una persona que se ha jubilado y mantiene sus honores y algunas de sus funciones- tenía una máquina de contar dinero en su residencia, que sacaba de una cuenta en Suiza 100.000 euros al mes durante los peores años de la crisis, que le donó 65 millones de euros a Corinna, que hacía negocios de dudosa legalidad con sus amigos saudíes y no sé qué más. Sinceramente, no sé cuál es el escándalo. Quiero decir, el emérito se comportaba como lo hacía -y lo siguen haciendo- no pocas personas en este país, un modo de vida que consiste en hacer negocios pasándose por el forro la legalidad, la moralidad y el respeto a los ciudadanos que pagan rigurosamente sus impuestos. Corrupción, vaya, por ponerle un nombre.

Resulta que ahora nos estamos cayendo de la parra. La monarquía es esa institución caduca que se mantiene en funcionamiento porque continúa siendo de interés general para una parte de las élites económicas de este país. Algunos se han empeñado hasta el hartazgo -y en eso siguen- en defender la institución y la figura de Juan Carlos I como valuarte de la transición hacia la democracia, un proceso que llega a rozar el mito, que se acerca a la perfección que se otorga a lo divino. La transición fue posible gracias al consenso de todos los actores políticos y sociales que, en su momento, hicieron las cosas lo mejor que podían y sabían hacerlo -eso es lo que me gusta creer-. Viéndolo con la perspectiva que nos dan los años y los hechos, ahora podemos decir que se han cometido errores -¿cómo evitarlos?-. Es fácil decir que hubiéramos hecho las cosas de otra manera cuando no ha sido a nosotros a quien ha correspondido vivir el momento histórico y asumir la responsabilidad de cohesionar un país que era una bomba a punto de explotar -y que de algún modo sigue siéndolo-. Esa no es la cuestión. De lo que se trata es de que la continuidad de la monarquía debería someterse a un referéndum. Y debería hacerse cuanto antes. Creo que no es nada descabellado.

Políticos y jueces tienen que abrir el camino hacia una nueva transición cuyo objetivo sea una república. No tiene ningún sentido mantener con vida una monarquía católica corrupta que, como es obvio, no representa a todas las personas que habitan en este país que se jacta de ser europeo y defiende estar a la vanguardia democrática. Y, en segundo lugar, los ciudadanos tenemos la obligación de ser objetivos y de reclamar los cambios que se necesitan para dejar de ser gobernados por organizaciones criminales. Esto puede sonar drástico, exagerado e incluso calumnioso. Lo cierto es que las máquinas de contar dinero no solo se hallan en la residencia del rey emérito, y no hay que ser muy listo para saber que nadie necesita una máquina para contar billetes.

Fernando Prado.

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