Libertad

Algo me pasa con las sociedades de la abundancia. Supongo que me siento abrumado ante tanta abundancia y derroche. No es que esté en contra de la gran cantidad de recursos económicos y materiales que están a disposición de los ciudadanos, al contrario, pero me abruma la abundancia cuando se convierte en ostentación y esos recursos son empleados para llevar una vida que consiste en tirarlo todo por el sumidero.

Aquí, en el corazón de la Europa diplomática, educada y culta me encuentro con un conflicto diario cada vez que hago la compra, cuando paseo por las calles y contemplo el paisaje urbano, o cuando escucho los testimonios de extranjeros que un día llegaron con las expectativas de establecerse aquí para tener una vida más próspera o más estable. Se puede decir que todas las personas a las que he conocido lo han conseguido, pero me llama enormemente la atención algo en lo que la mayoría de ellas coinciden: si pudieran irse, lo harían; si pudieran tener la misma estabilidad económica en cualquier otro lugar del planeta, se irían sin pensárselo demasiado. Puede que uno de los motivos sean los largos y fríos inviernos, el carácter serio y sombrío de los autóctonos o su extraña y psicótica idiosincrasia. Sin duda, esas son razones de peso, pero debajo de la superficie lo que se vislumbra es una especie de hastío y rechazo a la doble moral -más bien múltiple- que impera en esta sociedad de la abundancia.

Los países europeos son muy parecidos porque en el fondo -y lo digo sin intenciones de ofender a nadie- Europa puede verse como un gran país de múltiples identidades -efectos de la globalización caníbal-. Eso tiene sus ventajas, pero también sus desventajas. Los países del sur, del Mediterráneo, son tradicionalmente los más pobres, los que en mayor medida pagan las consecuencias de los ajustes económicos -austeridad-, y en menor medida se benefician de los presupuestos -esto se traduce en menos inversión en educación, sanidad, cultura, investigación y desarrollo, energías renovables y transición ecológica, y en una menor renta per cápita-.

En esta sociedad de la abundancia debes tener una carrera y un máster, hablar varios idiomas, conseguir un trabajo bien remunerado que te permita obtener una buena posición social, casarte con alguien de tu nivel, tener hijos, irte de vacaciones cada año a un paraíso tropical -probablemente explotado por la empresa para la que trabajas-, cambiar de coche cada dos años, pagar la hipoteca de una casa que nunca será tuya, pagar un seguro médico y un seguro de vida; trabajar y consumir para que puedas seguir trabajando y consumiendo.

Basilea es una ciudad atravesada por el Rin y rodeada por dos imperios farmacéuticos: Novartis y Hoffmann-La Roche. Allí conocí a Pablo, de 12 años. Gracias al origen latino de sus padres, ha tenido la oportunidad de visitar España y Cuba. Expuso, con suma elocuencia, todo lo que consideraba positivo y negativo del país y la sociedad, explicando por qué la balanza se inclinaba hacia lo negativo. Desde su punto de vista, aquí hay menos libertad.

La libertad a la que se refiere Pablo es la libertad de expresión corporal. Hay una represión implícita en la manera de ser y estar, una especie de supresión de la expresividad, una contención del espíritu humano que necesita comunicarse a través del cuerpo. Las personas deben aprender a caminar siguiendo las líneas correctas y esto, que podría interpretarse como civismo, acaba ejerciendo un efecto de anulación de la personalidad. Vivir contenido en un cuerpo subyugado por las normas ocasiona traumas. Los niños crecen en una sociedad que constantemente los corrige y que los educa para ser enormemente organizados, competitivos y eficaces, viven en una continua evaluación.

Ojalá Pablo consiga algún día ser libre. Ojalá todos lo consigamos.

Fernando Prado.

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