Espera

A veces lo mejor es simplemente esperar. Esto puede parecer una anti reflexión en la actualidad, es decir, cómo hablar de esperar si precisamente lo que necesitamos ante el enésimo fin del mundo es avanzar, levantarnos y salir corriendo, aunque sea sin rumbo o dirección, hacia cualquier parte con tal de no permanecer ni un solo minuto más en esta inmovilidad lesiva, perjudicial para nuestra salud mental. Esperar, ahora mismo, puede que sea una contradicción porque la espera a la que nos vemos obligados no sabemos cómo gestionarla. Esta espera, impuesta como una especie de dictadura, es una generadora de incertidumbre y ansiedad; no quiero echarle la culpa exclusivamente al virus, supongo que en el fondo me niego -todos lo hacemos a nuestra manera- a que algo invisible gobierne nuestras vidas y trace un futuro en el que no podemos ver más allá de la densa niebla que nos humedece el rostro.

La cuestión es que nadie nos ha enseñado a esperar, y tampoco hemos hecho lo suficiente a nivel individual para aprender por nuestros propios medios. La vida era demasiado complicada, apenas teníamos tiempo libre y cuando lo teníamos no sabíamos cómo utilizarlo. Había que hacerlo todo de prisa porque el sistema que nos permitía ser libres -mejor dicho, al que le comprábamos el espejismo de la libertad- nos explotaba sin disimular. Los gurús, que llegaron en oleadas desde todos los rincones del planeta, nos decían que debíamos vivir de otra manera, buscar en nuestro interior para encontrar el equilibrio, ser más conscientes; lo que pasaba era que no nos explicaban cómo hacerlo sin morir en el intento, víctimas de su reptiliana mordida venenosa. Aún hoy hacen estragos entre la población ávida de respuestas rápidas a problemas irresolubles y los que buscan la iluminación express.

Esperar no es fácil, sobre todo si se es impaciente. La pregunta no es, quizás, por qué esperamos, sino qué esperamos. Si esperamos que el mundo vuelva a ser el mismo que antes del apocalipsis, estamos embarcados. Puede que cambien algunas cosas, pero no nos engañemos, el poder seguirá repartido más o menos entre los mismos. Si lo que queremos es que se acabe cuanto antes este período para volver a vivir de la misma manera pensando que así retomaremos el control sobre nuestras vidas, estamos meando fuera de perol. La verdad, dicha así en plan bruto, es que no tenemos el control de nada, ni siquiera de nuestras emociones.

Este pandemonio en el que todos, sin excepción, estamos haciendo lo que podemos para soportar la cacofonía que se reproduce en abierto 24 horas al día, y en el que estamos inmersos a gusto o disgusto, no va a cambiar de manera sustancial. Perdonen si no puedo ser más optimista. Esto no es más que un nuevo episodio de un “sálvese quien pueda”.

Ahora estamos liados con el drama de las cenas navideñas que no podrán celebrarse con normalidad -¿alguien sabe qué es normalidad?-, con la generación de niños traumatizados que recibirán los regalos venidos directamente de los almacenes de Amazon -ese gran símbolo de la libertad de los nuevos tiempos- entregados por un repartidor con mascarilla, con el rollo moral de pedir la comida del 25 a través de un app y de decirle al rider que la deje en el ascensor, por si acaso; en fin, todo esto es una distopía insoportable. Pero bueno, parece que allá a lo lejos comienza a dibujarse tímidamente la línea del horizonte; la vacuna, y tal.

Todo cambiará cuando invariablemente, como cada año, comiencen a florecer los almendros, los días se hagan más largos y la luz cambie de tono, cuando escuchemos la ráfaga del pájaro carpintero taladrando un árbol en el bosque humeante del amanecer, cuando veamos a una abeja libando el néctar de la primera flor, cuando los atardeceres se demoren en nuestros ojos vidriosos, cuando recordemos que para vivir es indispensable estar vivo

Fernando Prado.

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