Dejen que me vaya

Tomamos miles de pequeñas decisiones diariamente que afectan a nuestras vidas. Decidimos qué ropa ponernos, en qué momento cambiar de acera, qué queremos comer o a quién llamar para tomarnos una cerveza. Nos sentimos libres por elegir el color del coche, el hotel del fin de semana, el tejido del nuevo sofá. Nadie -pensamos- puede arrebatarnos esa libertad porque tenemos el derecho de decidir sobre nuestras vidas en todo momento, y eso hacemos, decidir cómo queremos vivir de acuerdo a nuestros principios y en función a nuestras posibilidades económicas.

Siempre me he preguntado por qué resulta tan escandaloso e inmoral plantearnos el derecho a decidir sobre nuestra muerte, sobre todo cuando la vida se ha convertido en un tormento y nuestro cuerpo en una horrible cárcel en la que cumplimos una condena por un delito que no hemos cometido.

Es decir, por qué debo yo continuar viviendo como un vegetal, dependiendo de las atenciones de otras personas, generalmente del entorno familiar, que se encargan de asearme, alimentarme, animarme, mientras son testigos de cómo me consumo a fuego lento en mis excreciones, sabiendo que no hay remedio que pueda poner fin al avance irremediable de mi podredumbre en una habitación que huele a muerte. No hay nada de glorioso, ni de reconfortante, ni de dignificante en cuidar de una persona enferma en esas condiciones. ¿Tiene algún sentido? Para mí no.

España se convierte en el sexto país del mundo que regula la muerte digna a través de la ley de eutanasia aprobada por el Congreso de los Diputados con 198 votos a favor, 138 en contra y dos abstenciones.

Con esta ley no se abre la puerta a la “eliminación de los más vulnerables”, ni se fomenta la “industria de la muerte”, como dice la derecha española, sino todo lo contrario. Se trata de que toda persona tenga el derecho a decidir si quiere morir dignamente.

Si mañana me diagnostican una enfermedad terminal que me va a ocasionar un sufrimiento prolongado y atroz, o si, como consecuencia de un accidente me convierto en un bulto incapaz de moverse por sí mismo podré, simplemente, desaparecer.

Así que, por favor, déjen que me vaya, si eso es lo que quiero.

Fernando Prado.

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