Cerveza

Llega un momento en que el ruido, a pesar de que en ocasiones puede ser extremo, se acomoda en nuestro cerebro porque este -me gusta imaginar que es así- activa un mecanismo de protección para evitar el colapso. Estamos tan acostumbrados al ruido que lo que acabamos escuchando es un murmullo de fondo que puede llegar a pasar desapercibido.

El asalto al Capitolio de Estados Unidos llevado a cabo hace unos días por simpatizantes de Donald Trump para impedir la certificación de la victoria del presidente electo, Joe Biden, no fue otra cosa que vandalismo. Varios muertos, heridos, detenidos y algunas dimisiones después, Trump continúa sin asumir responsabilidades. Al igual que nos pasa con el ruido, ya casi nada nos sorprendía del republicano. Hasta que ocurrió esto.

Los manifestantes que entraron en el Capitolio e hicieron destrozos, posaron para las fotos de las redes sociales e invadieron despachos no actuaron motivados por la indignación de haber perdido unas elecciones supuestamente fraudulentas, ni para protestar por una injusticia; lo hicieron porque sabían que podían hacerlo, porque contaban con el respaldo de uno de los tipos más peligrosos del planeta. Lo que vimos fue violencia fomentada por Trump con fines únicamente políticos.

Si tiras mal una caña es posible que la espuma se derrame.

Fernando Prado.

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