Arder

Vivimos en un país en el que se odia veinticuatro horas al día, siete días a la semana, como si nuestros cuerpos segregaran una poderosa sustancia que nos convierte de pronto, sin pestañear, en bestias descontroladas; saltamos al cuello, mordemos un tobillo o golpeamos al otro a veces sin mediar palabra, en fracciones de segundo. Nada nos gusta, todo nos parece mal. La crítica se convierte no pocas veces en ataque, en insulto, en furia. Es cierto que uno tiene que desahogarse antes de estallar en pedazos y pringarlo todo -más ahora, en estos tiempos distópicos-, es una cuestión de supervivencia, sí, pero perder la perspectiva y la objetividad es peligroso. No sé cómo va la venta de libros de autoayuda. Todo nos parece una mierda, pero sin embargo, aquí seguimos. Es nuestra naturaleza, supongo, somos latinos -¿a eso se referiría Ayuso cuando dijo aquello del “modo de vida”?-, yo qué sé, aunque a algunos les duela.

Estos últimos días se ha hablado hasta el aburrimiento de un rapero, de su condena y entrada en prisión, de las manifestaciones que se han producido y se están produciendo por todo el país, de los enfrentamientos entre policía y manifestantes, de la quema de contenedores y los destrozos del mobiliario urbano, de la libertad de expresión, del gobierno de coalición comunista-bolivariano y de su nuevo ideólogo del terrorismo de Estado. Un no parar.

No quiero perder el tiempo detallando cuál es mi opinión, ni me voy a posicionar a favor o en contra de esta postura o de aquella otra. Insisto, el tema ya me aburre porque considero que estar debatiendo sobre este asunto a estas alturas es ridículo y penoso. Lo que debería importarnos es que si hablamos de libertad de expresión hemos perdido, se ha ido evaporando como el alcohol contenido en un frasco sin tapa. Mierda, ya me he posicionado. Bueno, no importa.

Que un manifestante acabe con un moratón en una pierna -lo de perder un ojo ya es algo serio y lamentable, y se deben depurar responsabilidades- o un policía revolcado por el suelo en una manifestación es lo normal. A mí no me preocupa que arda un contenedor -¿estaré haciendo apología del terrorismo?-, me preocupa mucho más que le quieran prender fuego a la memoria. La memoria de tiempos nada lejanos. Normalizar el olvido. Con la que está cayendo. Cuando olvidamos no solo muere lo que guardábamos en la memoria -personas, cosas, hechos, paisajes, olores, sabores, amores o desamores-, también morimos nosotros como individuos y sociedades.

¿Y entonces? Pues no sé, se me acaba de olvidar lo que quería decir. ¡Ah, sí! Lo del espejo. Si un día cualquiera el espejo te devuelve la imagen de una sombra viscosa y pringosa, no te asustes, eres tú antes de comenzar a arder. El fuego, dicen algunos místicos -y algunos libros de autoayuda-, purifica. En cualquier caso, procura mantener la memoria a salvo de las llamas o quizás, todo aquello por lo que tantos lucharon no habrá servido para nada.

Fernando Prado.

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