Apología de lo salvaje

Al mar de Arousa puedes ir caminando casi desde cualquier punto del pueblo. Hace medio siglo eran unas playas pequeñitas, “La Concha” y la otra “La Compostela” que con las mareas desaparecían. Después del urbanismo canibal y especulativo, rellenaron la zona e hicieron una playa muy larga de varios kilómetros y con un paseo de baldosas que une el pueblo de Vilagarcía con el de Carril. Eso es lo que yo conozco. Poco a poco se fue asilvestrando, con hierbas en casi la mitad de su anchura, a veces salen unas con pinchos que se clavan en los pies de bañistas y canes. Yo la he disfrutado mucho, le tengo cariño y soy consciente del “privilegio” y “fortuna” que implica tener el mar y la playa a un puñado de minutos caminando.

Sucede que en este ayuntamiento, la persona encargada de urbanismo es urbanista. Es curioso porque los peores proyectos y las meteduras de pata más grandes que he visto, las han hecho ahora. La última ocurrencia, fue convocar un concurso para hacer unas piscinas absurdas al lado del mar. Fue entonces que pensé ¿y si nuestra profesión (la que estudié en la universidad y que medio ejercí durante casi una década) es decir, la arquitectura y el urbanismo, tuviera otro enfoque? En lugar de promover la construcción y ocupación de nuevos espacios, nos encargáramos de hacer lo contrario, de convencer a la gente, a los ayuntamientos y gobiernos de NO construir, que esa fuera la última opción. Que fueramos recicladores, reusadores, replanteadores de lo que ya existe. Para el concurso absurdo se presentaron más de medio centenar de proyectos, incluso de estudios de arquitectura de Londres y Madrid, cómo va a saber diseñar lo que sea, alguien que vive tan lejos, y que casi seguro no sabía dónde estaba este pueblo antes del concurso. Ese es otro problema, el diseño deslocalizado. Recuerdo que uno de mis profesores, Peraza, nos decía: “No basta con ir al lugar donde se proyectará, hay que estar a diferentes horas del día, en distintos momentos del año. No basta con saber los vientos dominantes, o la orientación, hay que estar ahí, y sudar en el terreno, despeinarse con el aire”.

La arquitectura debería hacer apología de lo salvaje, el urbanismo también, debería ser el guardián de lo salvaje, el facilitador de lo silvestre. A los pilares de Vitruvio, con los que define a la arquitectura, “Venustas, Firmitas, Utilitas” le hizo falta “Lo salvaje”.

Cada baldío, playa, muro, jardinera, jardín, o camino, arbolado y llenos de hierba, con flores silvestres, abejas y saltamontes pululando en una ciudad o en un pueblo, son salvaje resistencia.

Augusto Metztli.

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